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Líder de la vanguardia
La Buenos Aires a la que regresó Piazzolla desde Nueva York se transformaba rápidamente en la década del sesenta. El fermento cultural de esta nueva década, muy dinámica en todas partes del mundo, implicaba un "espacio" potencialmente más amplio para artistas no convencionales como Piazzolla, y este no dudó en aprovecharlo...
El panorama político argentino permanecía incierto: el presidente Arturo Frondizi, elegido por sufragio popular en 1958, fue derrocado por los militares en marzo de 1962, y Arturo Illia, elegido en 1963, sufrió el mismo destino en 1966. Sin embargo, el país resultaba fortalecido por el flujo de inversiones extranjeras y nuevas inquietudes culturales. Mientras tanto, la música de Buenos Aires se veía alterada tanto por tendencias nacionales como internacionales: la música folclórica y el rock-and-roll importado le ganaban cada vez más terreno al tango, que años atrás había reinado supremo. El fermento cultural de esta nueva década, muy dinámica en todas partes del mundo, implicaba un "espacio" potencialmente más amplio para artistas no convencionales como Piazzolla, y este no dudó en aprovecharlo. "Los años sesenta fueron los más lindos que tuvo Buenos Aires", dijo en 1984.
El Instituto Di Telia de la calle Florida (que no duró mucho tiempo) fue un símbolo particularmente elocuente, con sus exposiciones y sus happenings, de la efervescencia cultural de este período, a la cual el propio Piazzolla hizo una reconocida contribución. Juan Carlos Copes señala que él significó para la Argentina "lo que [eran] los Beatles en el mundo". Si bien esta es una comparación exagerada, Piazzolla tuvo sin duda un respetable número de seguidores entre los jóvenes de clase media, que lo consideraban el símbolo de una liberación respecto de las normas culturales que por entonces muchos buscaban.
También la televisión cumplió aquí un papel. Poco después de su regreso, el Canal 9 lo invitó a hacer un programa llamado "Welcome, Mr. Piazzolla". Tanto allí como en algunas presentaciones en radio actuó con un quinteto en el que incluyó el vibráfono, señal de que la influencia de Nueva York no había desaparecido -aunque varias orquestas típicas, en especial la de Osvaldo Fresedo, ya habían utilizado ese instrumento antes-. Al poco tiempo, Piazzolla lo reemplazó por un violín. Sus presentaciones en televisión por Canal 11 en diciembre de 1961 y por Canal 7 al mes siguiente le dieron amplia difusión entre el público, y cada tanto volvería a la pantalla chica. La televisión contribuyó a convertir a Piazzolla en uno de los iconos culturales de la Argentina de los años sesenta.
Pero incluso los iconos culturales tienen que ganarse la vida, y los clubes nocturnos todavía continuaban dándole de comer. Los cambios sociales que se produjeron en Buenos Aires a mediados de siglo implicaron que los cabarets de categoría de años anteriores fueran desapareciendo. El Tibidabo cerró en 1955, el Marabú en 1968. Los nuevos clubes nocturnos que los reemplazaron en la década del sesenta, más chicos, estaban menos destinados a bailar que a escuchar música, ya se tratara de jazz, folklore o tango.
Los que favorecían el tango fueron muy pronto denominados "tanguerías". Gran parte de su clientela estaba constituida por profesionales, intelectuales y estudiantes universitarios; estaban hechos a la medida de Piazzolla. Los fanáticos del tango convencional no se acercaron de inmediato a las tanguerías, preferían las grandes orquestas que habían sobrevivido a la "época de oro", como las de Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Juan D'Arienzo o Alfredo De Angelis, y otras que continuaban actuando en teatros. Troilo, en particular, siguió siendo un ídolo popular como nunca lo sería Piazzolla. Los conservadores adoraban a Troilo. Su actitud hacia Piazzolla era ambigua o directamente hostil y virulenta.
Una vez más, pues, Piazzolla no pudo eludir las controversias: la guerra entre piazzollistas y antipiazzollistas recomenzó. El espíritu combativo del propio Piazzolla a veces agregaba leña al fuego. En abril de 1962, en los estudios de Canal 7 enfrentó a Jorge Vidal, un cantante de tango cuyo estilo "arcaico" le resultaba abominable; los dos hombres se fueron a las manos y fue difícil separarlos. Episodios como estos eran inevitablemente comentados por la prensa. Piazzolla provocaba: daba que hablar.
En mayo de 1965, la importante revista política argentina Primera Plana le dedicó la tapa. Toda publicidad es buena, como le había dado a entender Fabien Sevitzky esa ruidosa noche de 1953 en que estrenó la obra sinfónica en tres movimientos, Buenos Aires. Sin embargo, como había sucedido con el Octeto, todavía había muchos actos de hostilidad hacia él que no cobraban estado público. Su amigo Mario Antelo recuerda que en los años sesenta muchos taxistas se negaban a llevarlo "porque usted destrozó el tango", le decían. Daniel Piazzolla (su hijo) fue asimismo testigo de escenas de ese tipo, pero también de otras en que los taxistas no querían cobrarle: "Maestro, por favor, me ofende...". Piazzolla a veces discutía con los taxistas más recalcitrantes, y su argumento -como le comentó al músico brasileño Oscar Castro-Neves en 1968- era: "Vos podes decir que mi música no es tango, pero no podes decir que no es argentina".
Sin inmutarse en absoluto ante la hostilidad, Piazzolla estaba más resuelto que nunca a promover su propia revolución, el camino que había intentado abrir con el Octeto. A comienzos de los años sesenta un empresario le propuso que reconstituyera la orquesta de 1946 (sus grabaciones se habían reeditado recientemente) a fin de tocar en Rosario para el Carnaval, y le ofreció dos millones y medio de pesos en concepto de honorarios (25.000 dólares). "Gracias, pibe", le contestó impertérrito Astor, "pero estoy en otra cosa".
Lejos estaba de permanecer pasivo ante las controversias que se suscitaban a su alrededor. Le encantaba tratar de educar a los periodistas. A uno de ellos le dijo en abril de 1961 que su obra reflejaba "un Buenos Aires distinto, con problemas nuevos, más activo, más difícil" y a otro le describió su música como "la auténtica expresión musical de este tiempo".
Si era atacado personalmente en la prensa, Piazzolla pegaba duro. Cuando el poeta lunfardo Julián Centeya lo criticó, dijo que sus poemas eran "lamentables". Años más tarde integró una mesa redonda con Centeya y lo denigró sin reparos: "Hablando de cultura, usted cállese la boca". Cada vez que se le presentaba la oportunidad, defendía su revolución musical en foros públicos.
En los primeros meses de 1961 pronunció varias charlas invitado por el Círculo de Amigos del Buen Tango -una especie de imitación porteña del Club de la Guardia Nueva de Montevideo-, en una de las cuales criticó a los músicos Horacio Salgan y Enrique Mario Francini por permitir que su arte se estancara. Su amigo parisino Edouard Pécourt, que en ese momento visitaba entusiasmado Buenos Aires por primera vez, estaba presente y recuerda el vigor con que Piazzolla defendió su posición. Astor tenía bien claro cuál era su mensaje. El tango, dijo, no debía limitarse "al canon de una permanente tradición". Era hora de arrojar por la borda los estereotipos del tango canción de antaño -"el farol, el pañuelo, la daga y el lamento estéril"-.
En una reunión similar realizada en octubre de 1961, hizo escuchar una grabación de su tango "Lo que vendrá" (que fue aplaudida) y se burló de los tradicionalistas: "Todo evoluciona menos el tango. En Brasil la Bossa nova barrió con toda la música anterior, y ellos ahora son muchos. Aquí la cosa es desigual porque nadie se atreve a romper los tabúes. Es la típica actitud argentina: No te metas...” Estalló una feroz discusión. Luis Adolfo Sierra salió en defensa de Piazzolla. Un joven gritó: "¡La juventud está con Piazzolla!". Lo estaba. Y no sólo la juventud, sino un número creciente de los no tan jóvenes.
Texto extraído del libro “Astor Piazzolla, su vida y su obra”.
Autores: María Susana Azzi y Simon Collier.
Editorial El Ateneo
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