Viernes, 03 de Septiembre de 2010

Clásica y Ópera | Ópera

Pelléas et Mélisande de Claude Debussy

Pelléas et Mélisande de Claude Debussy

Claude Debussy trabajó en la ópera "Pelléas et Mélisande" durante diez años y con una entrega absoluta. El estreno tuvo lugar en París el 30 de abril de 1902. Dirigió el director de la Opera Comique, André Messager, a quien está dedicada la obra; el papel de Mélisande recayó en la famosa soprano Mary Carden. El éxito fue inequívoco, aunque de ninguna manera sensacional. La obra, de difícil representación, conquistó lentamente los escenarios del mundo. A pesar de todo, en 1908 llegó a Norteamérica y tres años más tarde a Sudamérica.







Drama lírico en cinco actos (trece cuadros). Libreto de Maurice Maeterlinck.

Personajes: Arkel, rey de Allemonde (bajo); Pelléas y Golaud, sus nietos (tenor y barítono); Yniold, hijo de Golaud (voz de niño o soprano); Genoveva, nuera de Arkel, madre de Golaud y Pelléas (contralto); Mélisande (soprano); un médico (bajo); siervos, mendigos.

Lugar y época: En un castillo a la orilla del mar, en un ambiente de leyenda medieval.

Argumento: La breve introducción nos traslada al inconfundible mundo sonoro de Debussy, que casi se podría denominar «irreal». Se levanta el telón: al borde de una fuente, en un claro del bosque, está sentada una hermosa muchacha de cabellos rubios. Golaud, que se ha extraviado durante una expedición de caza, llega a la fuente buscando un animal herido que ha desaparecido. La joven se asusta cuando el hombre le habla. Ha sufrido un gran dolor, pero no lo menciona. Viene de un país lejano, pero no dice su nombre. En la fuente se le ha caído una corona. Pero cuando Golaud se dispone a buscarla porque cree reconocer en ella la causa de su tristeza, la joven se niega. Golaud le pregunta su nombre. «Mélisande», responde ella. Oscurece y Golaud la invita al castillo. Tras un instante de vacilación, Mélisande se va con el príncipe.

Ya en esta primera escena se hace clara la particularidad de la poesía y de la música. La poesía está repleta de símbolos, de imágenes sonoras de un gran poeta. La música, llena de la lírica más profunda, no es dramática; la línea del canto se parece a un recitativo suave, encantadoramente matizado.

La segunda escena se desarrolla en el castillo de Allemonde. Todo es sombrío, opresivo y frío, como si nunca entrara un rayo de sol. Genoveva lee a su suegro el rey una carta que ha recibido Pelléas de parte de Golaud; éste informa de que hace meses se ha casado con la misteriosa joven del bosque, a la que ama profundamente, sin saber más de ella que el primer día. Ahora regresará con su esposa al castillo de su padre Arkel. Si el rey acepta recibir a Mélisande debe encender en la costa una luz que Golaud pueda ver desde la nave. Arkel acepta, pues ya había pensado en la posibilidad de que se casase Golaud, que hace mucho que es viudo y vive sólo con su pequeño hijo Yniold. Pelléas entra en el salón; quiere pedir permiso para visitar a un amigo enfermo. Pero el rey le ordena esperar. Pelléas será quien encienda la antorcha cuando llegue Golaud con su joven esposa.

Todas las escenas están unidas por medio de significativos interludios. Emanan una profunda melancolía y provienen de un misterioso reino sonoro que nadie había oído hasta entonces. Mélisande y Genoveva caminan por los sombríos senderos del parque del viejo castillo. Llega Pelléas desde la orilla del mar. Se oyen lejanos cantos de pescadores y marineros. Luces de barcos atraviesan la creciente oscuridad y permiten intuir la lejanía y la nostalgia. Pelléas acompaña a Mélisande por el sinuoso sendero hasta el castillo. Mélisande tiene los brazos cargados de flores. Cuando Pelléas anuncia su próximo viaje, ella se sorprende como una niña.

El cuadro siguiente, el cuarto, es uno de los más bellos. Transcurre al borde de una fuente del parque. El agua ejerce un místico encanto sobre Debussy, igual que sobre Schubert cien años antes. No sólo es la música incesante y siempre diferente de su murmullo; es su inexplicable vínculo con la vida y el destino del hombre. Debussy describe la música de la fuente con sonidos maravillosos. Llegan Pelléas y Mélisande. La joven se sienta en el borde de mármol y mira hacia la profundidad. Nadie ha visto nunca el fondo, explica Pelléas. Pero ¿se vería relucir algo brillante en el fondo?, pregunta Mélisande. Quiere tocar el espejo de agua, pero no llega con las manos; sólo su largo cabello llega hasta el agua. Recuerda que fue precisamente así como conoció a Golaud. No quería que Golaud la abrazara. ¿Por qué?, quiere saber Pelléas. Porque veía algo en el fondo, responde Mélisande misteriosamente. Entonces se pone a jugar como una niña con el anillo que le dio Golaud: lo arroja al aire y lo coge. Pero el anillo cae en la fuente. Mélisande se horroriza. ¿Qué le dirá a Golaud? «La verdad», le recomienda Pelléas.

Otra vez un bello interludio orquestal antes de la escena siguiente. Golaud está herido; su caballo tropezó en el mismo instante en que Mélisande perdió el anillo. Su joven esposa lo cuida. De repente, Mélisande prorrumpe en lágrimas, pero sus explicaciones son vagas. La tristeza del viejo castillo, su frialdad... Ha visto por primera vez un trozo de cielo. Golaud toma sus manos y le habla bondadosamente, como un padre a su hija pequeña. De repente advierte la falta del anillo. Mélisande no dice la verdad: tal vez lo ha perdido en la gruta donde suele jugar con Yniold. Golaud quiere que vaya a buscarlo inmediatamente. «¿Ahora, en plena oscuridad?» «Sí, ahora.» Si tiene miedo, que la acompañe alguien, por ejemplo Pelléas. «No soy feliz, no soy feliz», murmura Mélisande mientras sale del sombrío aposento.

Pelléas y Mélisande entran de noche en la gruta, que tiene un encanto misterioso y extraño. Se oye el rugir del mar con maravillosos colores orquestales. Con la linterna iluminan a tres mendigos que duermen sobre las rocas. En el país reinan la miseria y el hambre. Profundamente impresionada por el descubrimiento, la joven princesa busca la salida.

En el cuadro siguiente, Golaud lleva a Pelléas a los recintos subterráneos del castillo. Huele a descomposición y todo está poblado de sombras mortales. La escena es breve, pero llena de intensa emoción. Los hombres regresan pronto a la superficie; Pelléas respira aliviado. Golaud le advierte que no juegue con Mélisande. Hay que evitarle toda excitación, pues pronto será madre. En el parque del castillo pasean Golaud y su pequeño hijo Yniold. El padre le pregunta por lo que hacen y dicen Pelléas y Mélisande cuando están juntos con el niño. Yniold le responde con toda inocencia. «¿Se han besado alguna vez?» «Nunca..., ¡ah, sí, una vez se besaron!», recuerda. Y enseña al padre cómo. La barba pincha, añade, y a continuación exclama: «¡Qué grises se han vuelto tu cabello y tu barba!». Golaud levanta a Yniold para que pueda mirar por la ventana de Mélisande. ¿Está ella en la habitación? Sí, informa el pequeño. ¿Sola? No; el tío Pelléas está con ella. ¿Qué hacen? Nada. Nada. Miran la luz sin cerrar los ojos, añade Yniold.

La escena siguiente muestra un breve encuentro entre Pelléas y Mélisande. El príncipe ha estado con su abuelo, que acaba de restablecerse de una grave enfermedad y le ha aconsejado hacer un viaje. Pelléas quiere ver a Mélisande por última vez, pues nunca más piensa regresar de ese viaje. Por lo tanto se encontrarán en el parque, cerca de la fuente... Aparece Arkel; está preocupado por Mélisande, a la que siempre ve triste. ¿Le ayudaría en algo si reforma el castillo para que penetre más luz? Viene Golaud y entabla una terrible disputa con su esposa; con odio mortal, la arrastra por la habitación tirando de sus largos cabellos. «Si fuera Dios me apiadaría del corazón de los hombres...», suspira el anciano.

En el cuadro siguiente (que se suprime a menudo) vemos a Yniold jugando en el parque. Intenta mover una pesada piedra para recoger su pelota dorada. Llega un pastor con un rebaño de ovejas. De pronto, los animales cesan de balar. ¿Por qué?, quiere saber el niño. Porque éste no es el camino del establo..., responde misteriosamente el pastor y sigue su marcha.

Pelléas espera a Mélisande en la fuente. La noche cae sobre el parque. Después de las primeras palabras vacilantes irrumpe la confesión inevitable: Te amo. (Esta frase, que prácticamente no falta en ninguna ópera, posee aquí una fuerza expresiva difícilmente igualable. Es como si lo dijera el subconsciente de Mélisande. Suena tenuemente, sin línea melódica, en medio de una pausa de la orquesta.) La escena es de una ternura infinita. Mélisande ve, como si despertara de un sueño, a Golaud, que se acerca espada en mano. Los amantes no se mueven, esperan juntos el golpe mortal. (Aquí, y sólo durante un breve instante, sus voces se unen en una especie de dúo que Debussy, llevando hasta sus últimas consecuencias el principio de Wagner, rechaza por antinatural.) El golpe alcanza a Pelléas en la cabeza. Mélisande huye, perseguida por Golaud.

El último cuadro transcurre en los aposentos de Mélisande. Rodeada por Arkel, Golaud y un médico, despierta después de haber estado inconsciente durante mucho tiempo. No parece recordar nada. A petición suya se abre una ventana para que pueda ver la puesta del sol. Golaud la interroga como poseído, pero el corazón puro de Mélisande está lejos de todas las cosas terrenales que Golaud quiere saber. Mélisande mira por última vez a su hija, que acaba de nacer, y muere como si se fuera alejando lentamente de todas las cosas humanas. «Una vida termina, otra comienza...», dice Arkel y toma en brazos a la niña recién nacida.

Libreto: Con toda intención hemos descrito con detalle este texto profundamente poético y cargado (o recargado) de símbolos. Está lejos de los libretos usuales de la época. Maurice Maeterlinck (1862-1949) fue uno de los más grandes representantes del simbolismo, ese estilo posromántico, ensoñador, emparentado con el impresionismo pictórico y musical, común a Rilke, Verhaeren y Verlaine (por nombrar sólo algunos de los autores más importantes), cuya mejor época fue el período que va desde finales de siglo hasta la Primera Guerra Mundial. Los franceses hablaron a menudo de décadence, un concepto que no se corresponde del todo con el término alemán Dekadenz, pues su sentido es mucho menos negativo, en el caso de que lo sea. Puede ponerse en duda que un poema como éste pueda servir de base a una ópera; y la respuesta sería un no rotundo si se sacara una conclusión puramente lógica.

Música: Pero Debussy hizo posible lo aparentemente imposible: a partir de este libreto ajeno a la realidad cotidiana, totalmente alejado de todos los estilos de la música dramática, creó una maravillosa obra musical. Para ello sólo podía encontrar un estilo musical igualmente ensoñador y trascendental, que en última instancia se remonta a Tristón e Isolda de Wagner, pero que en realidad representa algo completamente nuevo. Aquí la palabra y la música se compenetran hasta lo más profundo. La música nostálgica y melancólica de Debussy, sus armonías ensoñadoras, lejos de la vida cotidiana, sus sonidos mágicos, que parecen venir de un mundo diferente, fueron el complemento ideal de un poema en el que las palabras sólo dicen la mitad de lo que contienen. Aquí Debussy es completamente él mismo y completamente impresionista. Por medio de un recitativo melódico único soluciona el eterno problema operístico de la preponderancia de la poesía o de la música. El hecho de que ese recitativo pueda tener un efecto ligeramente monótono si no se le da una interpretación de alto nivel, no dice nada contra él. A los aficionados al resto de las óperas les parecerá extraña tal vez la falta de excitantes crescendi en la orquesta, de efectos vocales dramáticos, de ritmos alternos; pero si pueden internarse en esos sonidos, en el movimiento intimista de la obra, en el extenso recitativo en que vibran todos los movimientos del alma, entonces experimentarán un placer poco frecuente. Con los interludios entre los diferentes cuadros, Debussy ha creado verdaderas obras maestras sinfónicas, cada una de las cuales refleja la situación anímica de los personajes; entre los compositores ha habido pocos psicólogos tan brillantes como Debussy.

Historia: Es significativo el hecho de que muchos compositores de la época pusieran música a textos de Maurice Maeterlinck. Fauré y Schonberg compusieron también obras denominadas Pelléas et Mélisande (sin tener conocimiento mutuo ni de Debussy); en el primer caso fue música de escena, en el segundo, un poema sinfónico. Añone et Barbe Bleue fue convertida magistralmente en ópera por Dukas; Henri Février puso música a Monna Vanna, y Albert Wolf a El pájaro azul. Debussy conoció el drama de Maeterlinck Pelléas et Mélisande en 1892 y en seguida quiso ponerle música. Se puso en contacto con el poeta, que le dio autorización. Debussy respetó el texto en medida mucho mayor de lo que es usual en la composición de óperas, pero no pudo evitar la exclusión de algunas escenas en razón de la extensión de la obra teatral. Esto y una cuestión personal (el papel protagonista femenino había sido pensado al principio para la esposa de Maeterlinck) separó a los dos hombres, que llegaron a una ruptura violenta y total. Debussy trabajó en la ópera durante diez años y con una entrega absoluta. El estreno tuvo lugar en París el 30 de abril de 1902. Dirigió el director de la Opera Comique, André Messager, a quien está dedicada la obra; el papel de Mande recayó en la famosa soprano Mary Carden. El éxito fue inequívoco, aunque de ninguna manera sensacional. La obra, de difícil representación, conquistó lentamente los escenarios del mundo. A pesar de todo, en 1908 llegó a Norteamérica y tres años más tarde a Sudamérica. Entre tanto, el poeta y el compositor se habían reconciliado, conscientes de haber dado al teatro musical una obra única.
 
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Más Notas
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Breves

  • 06 de septiembre de 2007: fallece, en su casa de Módena, el tenor italiano Luciano Pavarotti. Figura clave en la popularización de la ópera. Para los aficionados serios del género, la belleza natural y el color de su voz hicieron de Pavarotti el intérprete ideal del repertorio lírico italiano. Su luminosa, resonante e inconfundible voz en las interpretaciones del Nemorino de "L'Elissir d'Amore" de Donizetti, o de "Ernani", Radamés de "Aída" y "Otello", de Verdi, o del príncipe Calaf de "Turandot", de Puccini, lo convirtieron en uno de los grandes tenores contemporáneos y el mejor pagado de la historia.

  • 03 de septiembre de 1596: nace Nicolo Amati, constructor de violines al igual que su padre, Girolamo, pero Nicolo fue el mejor artesano de la familia, el gran reformador del arte de los luthiers italianos y autor de los instrumentos más apreciados de los Amati.

  • 22 de agosto de 1862: nace el compositor francés Calude Debussy. Puso en marcha un nuevo concepto de la música, liberada de las ataduras relacionadas con la tonalidad. Su obra devela tintes modernistas, simbolistas y de otras influencias como las étnicas, que encontraban su auge a finales del siglo 19, aunque su obra suele vincularse al impresionismo.

  • 18 de agosto de 1750: nace Antonio Salieri, compositor italiano. Pasó la mayor parte de su vida en la Corte Imperial de Viena. Su filosofía artística se resume en el título de una de sus óperas célebres: Primero la música y luego las palabras.

  • 10 de agosto de 1865: nace Alexander Glazunov. De origen ruso, fue compositor, director de orquesta y pedagogo. Su estilo representó el nacionalismo ruso de la escuela de Rimski-Korsakov. Sus dotes musicales surgieron en la adolescencia, consiguiendo que el propio Liszt estrenara una sinfonía suya en Weimar.


Citas

  • Daniel Barenboim
    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • George Gershwin
    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • Gustav Mahler
    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • Franz Schubert
    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • Bedrich Smetana
    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

MULTIMEDIA

  • Concierto serenata

    Joaquín Rodrigo

  • Dammi i colori... Recondita armonia

    Mario del Monaco (Mario Cavaradossi)

  • Gran dio! Oh de verd'anni miei

    Dmitri Hvorostovsky (Ernani)

  • Pompa y Circunstancia

    Edward Elgar

  • Carmen

    Georges Bizet

  • Vals Nº 6

    Frederic Chopin

  • Follie!... Sempre libera

    Joan Sutherland (Violetta Valéry)

  • Sinfonía Nº 41 "Jupiter"

    Wolfgang A. Mozart

Intérpretes

Poetas

Homero Manzi, 100 años

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El 1º de noviembre es una fecha fundamental en la historia del tango: se cumplen cien años del nacimiento de Homero Nicolás Manzione, más conocido como Homero Manzi, un poeta que en apenas 44 años de vida se dio el lujo de inventar un mundo. El fue quien evocó un pasado mítico en el sur porteño, cantó a los amores perdidos y los cielos añorados, y fue el culpable de que hoy Boedo sea un barrio en la nomenclatura porteña y no sólo una calle que se cruza con San Juan. Junto a su pasión lírica, Manzi fue también lo que en los 60 se llamó “un intelectual comprometido”: pasó sin escalas de las filas de Forja al peronismo más visceral.

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Entre los artistas de más extensa trayectoria que haya tenido nuestra música popular, Sebastián Piana se ha distinguido por la jerarquía y la sostenida inventiva de su obra de compositor de formidable clásicos: bastará la mención de "Sobre el pucho", "El pescante", "Arco iris", "Tinta roja" y "Milonga triste", para ubicar inmediatamente su talento, su corazón de hombre de Buenos Aires y el nobilísimo cuño de su inspiración. Musicalizó varias películas y obras teatrales. Son innumerables las obras que lograron un éxito resonante.

Músicos

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Violoncellista, pianista, arreglador y compositor. Formó parte de las orquestas de tango más relevantes de la época. Fue estable en la de Francini-Pontier pero el elegido de todos los maestros para las grabaciones como Aníbal Troilo, Atilio Stampone, Osvaldo Fresedo. En 1954 se sumó a la “patriada” de Astor Piazzolla: armar el Octeto Buenos Aires, que revolucionó al tango. El sonido especial de su violoncello, unido a su virtuosismo, le permitió jerarquizar el instrumento por lo que las orquestas típicas de entonces dieron entidad a este instrumento como solista a la par del violín, a partir del surgimiento de José Bragato como notable violoncellista.

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