Domingo, 30 de Abril de 2017

Clásica y Ópera | Ópera

Los maestros cantores de Núremberg de Richard Wagner

Los maestros cantores de Núremberg de Richard Wagner

Wagner tuvo la idea de componer Los maestros cantores de Núremberg ya en 1845, cuando se encontraba en Marienbad. Entre tanto ocurrieron muchas otras cosas: Lohengrin, una buena parte de El anillo del Nibelungo, Tristán e Isolda. A pesar de todo, Wagner ya menciona el plan cuando en 1851 publica en Zúrich Eine Mitteilung an meine Freunde. El estreno tuvo lugar en el Hoftheater de Munich, por orden del rey Luis II, el 21 de junio de 1868, bajo la dirección de Hans von Bülow. El teatro ofrendó a Wagner la más grande ovación de su vida.








Personajes: Hans Sachs, zapatero (barítono o bajo); Veit Pogner, orfebre (bajo); Kunz Vogelsang, peletero (tenor); Konrad Nachtigall, fontanero (bajo); Sixtus Beckmesser, escribiente (barítono o bajo); Fritz Kothner, panadero (bajo); Balthasar Zorn, estañero (tenor); Ulrich Eisslinger, comerciante en especias (tenor); Hermann Ortel, jabonero (bajo); Hans Schwarz, fabricante de calcetines (bajo); Hans Foltz, herrero (bajo); Walther von Stolzing, un joven caballero de Franconia (tenor); David, aprendiz de Hans Sachs (tenor); Eva, hija de Pogner (soprano); Magdalena, su doncella (mezzosoprano); un sereno (bajo); burgueses y mujeres, representantes de distintos oficios, aprendices, pueblo.

Lugar y época: Núremberg, a mediados del siglo XVI.

Argumento: El preludio, una pieza de concierto brillante y muy estimada, compuesta en forma de sonata muy libre, anuncia algunos de los temas o motivos más importantes de la ópera. Comienza con el motivo solemne de los maestros cantores en la resplandeciente tonalidad de Do mayor.

El segundo tema es de carácter lírico y adelanta pensamientos sobre el amor y el arte. El tercero pertenece otra vez a los maestros cantores. Cuando suene en el transcurso de la obra, su gremio se dirigirá, el día de San Juan, con bandera y escudo, junto con todos los demás, hacia el campo donde se celebrará la fiesta. Mucho más tarde aparece un tema de amor. En el transcurso de la obra se convertirá en la coda de la «canción del premio».

Se añaden otros motivos, Leitmotive que desempeñan un papel luego, durante la acción. Wagner trabaja con ellos igual que el compositor sinfónico con sus temas melódicos: los desarrolla, los une, los superpone, a la manera del polifónico siglo en que transcurre la acción, formando contrapuntos. Pero el resultado no es pesado; todo es alegre, nítido, radiante, humano, amable, comprensible, cordial.

El preludio pasa, sin conclusión, que sólo se añade cuando se trata de ejecuciones concertantes, a la acción teatral. En la iglesia de Santa Catalina de Núremberg la fervorosa multitud canta un coral el domingo por la mañana durante el servicio divino. En las filas de bancos se puede ver a Eva y Magdalena; desde una entrada próxima las observa el caballero Walther von Stolzing. Cuando la muchedumbre sale del templo, Walther se acerca a Eva, que al verlo apenas puede ocultar una expresión de alegría. Eva envía a su acompañante al templo, donde ha dejado algo olvidado. Sin embargo, Magdalena regresa demasiado rápido: el caballero, turbado por la emoción, apenas ha comenzado a hablar. Magdalena ha de regresar una vez más al templo. Luego quiere irse rápidamente con Eva. Por suerte, también ella ha olvidado algo en la iglesia. Por fin, el caballero se anima a hacerle a Eva la pregunta decisiva: si ya está comprometida. Magdalena responde en lugar de Eva: claro que Evchen Pogner tiene prometido. Eva añade que nadie lo conoce. Stolzing se entera de que la mano de esta joven, de la que se ha enamorado la víspera, al llegar a Núremberg, se concederá al vencedor de un certamen de maestros cantores. La decisión de Walther es firme. Participará en ese concurso. Pero ¿cómo, si no pertenece al gremio? David tiene la solución, dice en tono afectuoso Magdalena, que entre tanto ha intercambiado palabras de amor con el aprendiz del famoso maestro cantor Hans Sachs. David, junto con los demás aprendices, ha estado trabajando en la preparación de la sala contigua a la iglesia para una sesión de los maestros cantores. Por lo tanto, la ocasión parece favorable. Con expresivas miradas, Eva se despide del caballero, que en ese momento quiere que David le dé más detalles del gremio de los maestros cantores. Su esperanza declina en cuanto David le enumera las docenas de reglas que debe aprender y poner en práctica un aspirante para ascender todos los grados que van desde «aprendiz» hasta «maestro». Stolzing se angustia ante los múltiples nombres de los metros, las rimas y las melodías. Se entera de la existencia del «marcador», que detrás de una cortina marca con una tiza los errores de los aspirantes y que ha hecho suspender a más de uno. Lentamente van entrando los primeros maestros. Los jóvenes han terminado ya de colocar las sillas y el pizarrón del «marcador», y se retiran al fondo. Pogner y el escribiente Sixtus Beckmesser charlan sobre el concurso planeado. El escribiente se encuentra inquieto por el hecho de que la última decisión quede reservada a Eva. El corazón de una joven y el arte de un maestro son cosas distintas. Resulta claro que piensa participar también en el concurso; aunque ya no es joven, es uno de los pocos solteros que hay entre los maestros. Stolzing se acerca a Pogner, en cuya casa fue recibido cordialmente al llegar de sus posesiones de Franconia. Pogner se alegra mucho cuando el caballero afirma que su amor al arte es la razón principal de su visita a Núremberg. Sólo Beckmesser desconfía inmediatamente de él. Pero los restantes maestros, que van entrando poco a poco, aprueban la solicitud de Walther tocante a ingresar en el gremio. Comienza la sesión. Pogner la inaugura con un solemne discurso en el que expone su plan:

Al día siguiente se celebrará la fiesta de San Juan. Un día de alegría para los habitantes de Núremberg, que se entretienen cantando y bailando en un campo de las afueras de la ciudad. Sin embargo, esta vez la fiesta debe ser particularmente bella. En el curso de sus largos viajes por Alemania, Pogner se ha sentido mortificado por el hecho de que se preste poca atención a la clase burguesa, que se la tilde de mezquina y ambiciosa. De manera que Núremberg deberá dar el ejemplo, y él mismo quiere mostrar el espíritu abierto y generoso de la burguesía. Su hija Eva, joven, bella y heredera de una gran fortuna, ha sido destinada por él como premio para el maestro cantor que triunfe en el concurso. La propuesta provoca reacciones contradictorias; después de la primera aprobación entusiasta, surgen las objeciones. La condición planteada por Pogner, consistente en que también Eva deba dar su aprobación, parece intolerable a muchos maestros. Hans Sachs, el más precavido, opina que «no es fácil hacer coincidir el corazón de una joven y el arte de los maestros». Beckmesser se expresa mordazmente, como siempre: ¿para qué el canto de los maestros y el concurso? ¡Que la joven elija por sí misma! La agitación crece más aún cuando Hans Sachs propone otra innovación: que ese día del año se renuncie de forma excepcional al privilegio de los maestros y se conceda al pueblo el derecho de votar en la elección del vencedor. Algunos maestros, Kothner, Vogelgesang, Nachtigall, y por supuesto Beckmesser, protestan a voces, pero Hans Sachs defiende su idea con argumentos convincentes: «... creo prudente que una vez al año se pongan a prueba las reglas, para que su fuerza y su vitalidad no se pierdan en el camino perezoso de la costumbre». Sachs (en el que Wagner se retrata más perfectamente que en ninguna otra de sus figuras), alude a problemas fundamentales del arte. Cuando el canto libre de los Minnesinger se transformó en las ciudades en el arte de los maestros cantores, sus reglas se fijaron con exactitud en las tablas poéticas. Y Sachs sigue diciendo: «Sólo quien nada sabe de las tablas puede deciros si estáis siguiendo el camino de la naturaleza». Sus puntos de vista llevan a acaloradas discusiones a favor y en contra. Esta vez ninguno de los maestros está de parte de Sachs, tan estimado por todos; incluso Beckmesser hace una maligna observación sobre su «canción callejera». Después de un breve duelo de palabras entre ambos, en el que Sachs afirma ante todo que no piensa participar en el concurso (a pesar de que como viudo tendría derecho a ello), pues el pretendiente de Eva debería ser más joven que él y Beckmesser, se pasa al punto siguiente: hay una «solicitud de ingreso». Pogner se encarga de la presentación del solicitante: es el caballero Walther von Stolzing, de Franconia. Se hacen las preguntas usuales, que son respondidas en su mayor parte por Pogner, que es el aval de Walther. (El rechazo de los nobles por parte de los maestros burgueses no es manifiesto, pero existe sin duda alguna y es un rasgo de la época.) Cuando se le pregunta «de qué maestro ha sido aprendiz», Walther responde cantando: Un viejo libro, propiedad de sus antepasados, es la fuente de aquel canto, explica Walther. «Walther von der Vogelweide, ¡ése ha sido mi maestro!», termina diciendo. «Un buen maestro», dice Sachs, pero Beckmesser añade con malicia: «Pero hace mucho que ha muerto. ¿Cómo os enseña las reglas?». La pregunta siguiente, sobre el mismo tema, es un poco más clara: ¿En qué escuela ha aprendido a cantar el caballero? Stolzing responde otra vez con un canto: lo que aprendió en los fríos días de invierno en el libro del famoso Minnesanger, lo cantó compitiendo con los pájaros del campo, en primavera. La mayoría de los maestros quiere rechazar en seguida al singular candidato. Pero Sachs opina que en la prueba de canto se comprobará si el caballero domina el arte. Así ocurre. Beckmesser, el «marcador», pasa con una sonrisa de desprecio. Stolzing, a pesar de que habría preferido cantar de pie y moviéndose libremente, ha de sentarse en el sillón destinado especialmente al cantante, tal como es «usual en la escuela», es decir, como lo estipulan las reglas del gremio de los maestros cantores. La prueba puede comenzar cuando Kothner haya leído los reglamentos y el «marcador» exclame: «¡Comenzad!». Y Walther comienza su canto con «¡Comenzad!»; es de estilo libre y romántico, una pieza al estilo de los Minnesinger, pero no responde a las reglas de los maestros cantores. Durante el canto se oyen, surgiendo del compartimiento del «marcador», las marcas de tiza cada vez más furiosas; finalmente, Beckmesser sale de detrás de la cortina y señala su pizarrón, con los errores observados contra las reglas. Solamente Sachs se opone a las acusaciones de Beckmesser y exige que se escuche al joven hasta el final. Sin embargo, el final de su canto sucumbe bajo el alboroto cada vez más fuerte. Stolzing abandona el sillón, los maestros exclaman: «¡suspendido!», y mientras abandonan la sala de manera desordenada, los aprendices interpretan una danza muy desenvuelta. Sólo Sachs se queda, pensativo, en la sala.

El acto segundo se desarrolla en una tibia tarde de junio. Una suave atmósfera de verano flota en las calles de Núremberg, sobre las que van cayendo lentamente las sombras. A un costado del escenario está la rica casa de Pogner, con un enorme tilo delante. Frente a ella están la casa y el taller de Hans Sachs, con un saúco en flor ante la puerta. Magdalena se acerca a David para preguntarle por el destino del caballero. Cuando oye que lo han suspendido, quita rápidamente al goloso David la cesta de dulces que le había llevado. Los demás aprendices se ríen de él, pero desaparecen cuando llega Sachs y entra con David en el taller. Pogner y Eva regresan de un paseo vespertino y se sientan un rato en el banco frente a la casa. Por las alusiones de su padre y los susurros de Magdalena, Eva sabe, horrorizada, lo mal que le ha ido al caballero. Angustiada, decide pedir consejo a su viejo amigo Sachs, una vez que el padre se haya ido a dormir. Sachs, entre tanto, ha mandado a dormir a su aprendiz y ha colocado su mesa de trabajo frente a la puerta. Coge un zapato, pero vuelve a dejarlo. Sumido en sus pensamientos, rodeado por el suave aroma de primavera del saúco en flor, canta un conmovedor monólogo (que podría llamarse «aria» si este término conviniera al estilo de Wagner, y que se conoce como «monólogo del saúco»). La fragancia embriagadora de la noche de fines de primavera impregna los sentidos de Sachs y hace que sus pensamientos se alejen del trabajo que se había propuesto. ¿No sería mejor dejar todos los sueños, toda la poesía? La orquesta ejecuta un aire de trabajo, una canción de zapatero se introduce en los pensamientos de Hans. (En la Edad Media todos los gremios tenían canciones propias, que por lo general nacían del ritmo del trabajo.) Pero el trabajo no avanza. Una y otra vez el aire suave conduce los sentidos de Sachs por otros caminos. Aparece un motivo de amor tierno y nostálgico. Y los recuerdos de Sachs vagan en el canto del caballero, en la vergonzosa escena de la mañana. «No cumplía ninguna regla, y sin embargo no había ningún error... Sonaba tan antiguo y sin embargo tan nuevo, como el canto de los pájaros en mayo...» El monólogo del saúco culmina en una melodía íntima: «Al pájaro que ha cantado hoy, le ha crecido favorablemente el pico: si ha disgustado a los maestros, ha gustado a Hans Sachs».

Eva se acerca. Encuentra a Sachs pensativo, casi distraído. El temor de ser «conquistada» al día siguiente por Beckmesser la lleva a hacer insinuaciones sobre una posible participación de Sachs en el concurso. Pero Sachs rechaza con suavidad la propuesta. Finalmente, Eva comienza a hablar sobre la razón de su visita. Sachs le informa del canto del caballero. «Niña, para él está todo perdido, y no será maestro en ningún país, pues el que ha nacido maestro, tiene entre los maestros la peor condición.» (Se cree oír al mismo Wagner, que recuerda con amargura las dificultades de sus primeros años.) Llega Magdalena para llevarse a Eva, el padre desea verla, y además Beckmesser ha hecho llegar el mensaje de que esa noche cantará frente a la ventana de Eva la canción con que espera ganar al día siguiente. Furiosa, Eva deja a Sachs y corre hacia su casa. El maestro zapatero queda turbado y sólo sabe que debe ayudar a Eva, que debe ayudar a la joven pareja. Antes de que Eva llegue a su casa, se acerca Walther por la calle. Eva corre hacia él: Walther da rienda suelta a su rabia contra los maestros y opina que no hay otra solución que la huida. El sereno interrumpe su conversación, pero Eva parece decidida a seguir a su amigo a cualquier lugar del mundo. Sachs ha oído su conversación. Debe impedir la huida, a pesar de lo mucho que desea la unión de la joven pareja; sería una burla al gremio de los maestros cantores, un golpe demasiado fuerte para Pogner la víspera de su gran día. Eva se ha puesto rápidamente las ropas de Magdalena y vuelve a salir para huir con Stolzing. Pero Sachs mueve su mesa de trabajo hacia delante, de manera que su lámpara les impide escapar sin ser vistos. Los amantes siguen discutiendo de qué manera podrían huir, cuando se oye el sonido de un laúd, se acerca Beckmesser. Walther quiere lanzarse sobre él, hacerle pagar la escena de la mañana, pero Eva lo contiene. Beckmesser se acerca a la ventana abierta, detrás de la cual Magdalena, vestida con las ropas de Eva, parece esperar la serenata anunciada. Sachs comienza su trabajo al mismo tiempo que canta una grosera canción de zapateros. El escribiente se estremece, pero espera hacer callar al importuno con paciencia y amabilidad. Sorprendidos, Eva y Walther observan la extraña escena desde su escondite: ¿Contra quién es la broma? La canción de Sachs se refiere a una Eva y parece llena de alusiones, pero la víctima inmediata es Beckmesser, cuyos fines podrían irse a pique aquella misma noche por culpa del zapatero. Entonces Beckmesser cambia de táctica: ha ido, lo reconoce con franqueza, para que Eva pueda oír la canción con que piensa ganar al día siguiente en el certamen. Sachs, a quien valora por encima de todo como entendido en el arte, ¿no podría oírle y luego darle su opinión? El maestro le recuerda las palabras ofensivas de la mañana. Beckmesser se enfurece cada vez más, toca el laúd como poseído, culpa a Sachs de sentir envidia por su puesto de «marcador». Pero ¿de qué le sirve? El tiempo pasa, Eva pronto se alejará de la ventana. Por último se ponen de acuerdo: Beckmesser cantará su serenata, Sachs hará de «marcador» y señalará cada error dando un martillazo en el yunque de zapatero. Comienza una deliciosa escena. Beckmesser canta con creciente desesperación, lo que hace que vulnere cada vez más las reglas; Sachs golpea el yunque con fuerza y rabia crecientes. El ruido aumenta, David mira sorprendido desde su habitación, reconoce a Magdalena en la ventana, cada vez se despiertan más vecinos, Beckmesser intenta terminar de una vez su serenata a gritos. Entonces David lo ase del cuello, de todas partes llegan vecinos y aprendices, y en un instante comienza una pelea en la que todos parecen pelear contra todos, y las cosas terminan muy mal para el detestado escribiente. Cien voces y la orquesta, en un staccato alegremente turbulento, ejecutan un crescendo imposible de describir con palabras y al que de repente ahoga el corno del sereno. La multitud se dispersa instantáneamente. Sachs empuja a Eva hacia su casa, separa a David de Beckmesser y mete con toda rapidez al caballero Stolzing en su taller. Cuando el sereno adormilado llega por la calle, se frota sorprendido los ojos: sin duda han sido los fantasmas. Aparece la luna llena y la fantasmal escena nocturna se apaga suave y misteriosamente.

El acto tercero está dividido en dos cuadros. El primero se desarrolla en el taller de Sachs. Un preludio extenso y bello entrelaza sutilmente numerosos motivos. Son los pensamientos que agitan a Sachs mientras hojea un grueso libro. David entra silenciosamente, observa durante un buen rato a su maestro que está leyendo y siente temor porque éste no le dice nada. Con una catarata de palabras intenta pedirle perdón por los sucesos de la noche anterior. Pero Sachs no lo escucha. Finalmente se dirige a él y le pide al campo donde se celebrará la fiesta. Una vez que David se ha retirado a su aposento, Sachs sigue con sus pensamientos: «¡Vanidad! ¡Vanidad! ¡En todas partes vanidad!». Entonces suena el grandioso «monólogo de la vanidad», casi más importante que el «monólogo del saúco»; trata sobre el descontento de los hombres, sobre su ceguera, necedad, obcecación, sobre la envidia y los celos, que gobiernan el mundo en vez del amor.

Entra Walther, que sale del dormitorio, al que Sachs saluda jovialmente. Le pregunta cómo ha descansado las pocas horas que ha dormido en su casa. El caballero le cuenta un bello sueño que tuvo, y, siguiendo las órdenes de Sachs, le da la forma poética de un canto. El mismo Sachs lo dirige, y así surge el «canto del premio», que descubrirá toda su significación en el último cuadro.

Sachs escribe las palabras de Walther mientras éste canta. Luego lo lleva a la cámara, donde ambos deben vestirse para la fiesta. El caballero no conoce todavía el propósito del zapatero, pero siente su leal amistad. En la habitación vacía aparece entonces Beckmesser: es una imagen del dolor, a pesar de su ropa elegante. Cojea mientras se toca distintas partes del cuerpo que le duelen por la paliza de la noche anterior, y grita de dolor en cuanto quiere sentarse. Los recuerdos más irritantes lo persiguen visiblemente (y auditivamente, pues la orquesta alude a ellos). Por último, después de andar cojeando un rato por la habitación, se detiene frente a la mesa, sus ojos se dilatan de asombro: ¡un poema escrito por la mano de Sachs! ¡La tinta todavía está fresca! Entonces lo comprende todo. Con un gesto de triunfo se guarda la hoja. Sachs, despreocupado, entra inmediatamente después en la habitación. El escribiente no puede dominarse, cubre al zapatero de palabras y reproches coléricos, y finalmente le dice con ostentosa arrogancia que a pesar de su condición lastimosa, de la que Sachs evidentemente tiene la culpa, lo vencerá en el concurso. Por último, el maestro toma la palabra. Sonriendo tranquilamente, le responde que no piensa participar en el concurso. Beckmesser juega su baza. Sabe que es mejor gracias a la hoja que ha encontrado y que sin duda contiene un poema de Sachs para el concurso. Pero, ante la gran sorpresa del «marcador», Sachs le regala el poema, incluso le da permiso para que lo cante como más le guste. El cambio de humor de Beckmesser es grotesco: ¡un poema de Sachs, el poeta más grande de Núremberg! Pero sigue dudando: ¿y si Sachs se lo ha aprendido de memoria? Reincide en su presunción: ¿quién puede comparársele en la ciudad en cuanto a invención de melodías? Por lo tanto, si a un poema de Sachs se le añade una melodía suya, de Beckmesser... Ya se ve como vencedor, salta de alegría. Pero hay algo más: ¿no dirá Sachs que el poema es de él? Sachs le promete que no con una sonrisa de disimulada satisfacción: nunca afirmará una cosa así. Loco de alegría y con dolores en el maltrecho cuerpo, Beckmesser sale precipitadamente. Sachs lo ve salir y sonríe; aquel cambio en los acontecimientos le conviene, a pesar de que todavía no ha trazado un plan.

Eva, vestida para ir al campo donde tendrá lugar la celebración, pero un poco pálida y preocupada, entra en el taller del zapatero. Hace como que algo la molesta en los zapatos, pero la verdadera razón de su llegada es saber si está Walther. Éste aparece en seguida en la puerta del dormitorio; ambos jóvenes se miran afectuosamente durante un buen rato. Sachs hace como que admite el pretexto que \c ha dado Hvchen. Ha puesto el pie en un banquillo y lo inspecciona como si no viera otra cosa que el zapato. Incluso pide a Walther que componga la tercera estrofa, que falta en su poema, y como ésta, gracias al fuego de I» pasión, resulta muy bella, llama Nolcmnemente a Magdalena y a David, como a una ceremonia. Y resulta una ceremonia: Sachs bautiza la nueva canción en presencia de los «testigos». Un maravilloso quinteto surge en torno de la melodía, que es una interpretación del sueño que Walther ha tenido por la mañana.

Entonces la música adquiere un carácter más grandioso y cambia la escena; el taller del zapatero se transforma en el amplio, libre y alegre campo de festejos que hay delante de las puertas de la ciudad de Núremberg. Los gremios entran cantando sus canciones, ondean los estandartes y las banderas al suave viento del verano. Los aprendices corren alrededor, reciben a las jóvenes bellamente vestidas y pronto se pone en movimiento una antigua danza alemana.

Sonidos solemnes anuncian a la muchedumbre del pueblo, cada vez más densa, la llegada de los maestros cantores. Los aprendices se sitúan en su lugar para la recepción, y los maestros entran en el campo con Kothner a la cabeza, mientras el tema que introduce la ópera brilla con todo su esplendor. Un magnífico coral surge de todas las gargantas, hacia el cielo: Wagner ha puesto música aquí a un bello poema del Hans Sachs histórico («¡Despertad! ¡Se acerca el día!»), y tanto en la melodía como en la armonía le ha dado una forma que surge enteramente del espíritu de la época de los maestros cantores y su artística polifonía. Y el armonioso himno resuena en el campo iluminado por el sol, por así decirlo, como un homenaje al popular «zapatero y poeta» de Núremberg. Aparece Sachs, rechaza modestamente los honores, y pronuncia, tal como se le había encargado, el discurso de bienvenida; explica el generoso ofrecimiento de Pogner, que produce una fuerte agitación en el pueblo. Pogner, conmovido, le da las gracias. Un poco a un lado está Beckmesser, mira desesperadamente la hoja del poema, murmura algunas palabras, intenta recordar la melodía, suda y es evidente que está a punto de desvanecerse. Con suave ironía, Sachs le aconseja abandonar su objetivo. ¡No, nunca! ¡Con tal de que Sachs no participe en el concurso! El escribiente piensa que vencerá fácilmente a los otros. Se acerca el instante. Kothner llama a Beckmesser. Los aprendices se ríen, el pueblo se pregunta sorprendido si aquel señor entrado en años quiere realmente presentarse como pretendiente de la joven Eva Pogner. Cuando la muchedumbre obedece la orden de guardar silencio, Beckmesser comienza su canto: una cruel deformación del texto de Walther con una melodía absurda. En poco tiempo se apodera tanto del pueblo como de los maestros una creciente intranquilidad. El sin sentido de las palabras de Beckmesser y inseguridad de éste son cada vez más palpables. Beckmesser abandona furioso su lugar, se lanza sobre Sachs y lo acusa de ser el autor de la canción. Sachs recoge muy tranquilo la hoja que Beckmesser le ha arrojado a los pies. Una gran expectación rodea al poeta predilecto de Núremberg. ¿Cómo es posible que Sachs haya escrito una cosa así? Sachs rechaza casi solemnemente las palabras de Beckmesser: nunca se atrevería a gloriarse de ser el autor de un poema tan bello. Todos quedan desconcertados. ¿Bromea el maestro? Pero Sachs continúa: como se puede apreciar en seguida, el señor Beckmesser ha deformado completamente aquel bello poema. Pero, puesto que lo ha acusado, tiene derecho a defenderse. Quiere hacer uso de ese derecho. Si alguno de los presentes se acercara y cantara la canción tal como ha de cantarse, demostrará que él es el autor. La tensa multitud mira a su alrededor cuando Sachs llama a su «testigo». Walther sale de la muchedumbre y sube al promontorio cubierto de césped. Con una magnífica interpretación de la «canción del premio» obtiene las ovaciones del pueblo, el sorprendido respeto de los maestros y la mano de Eva. La ópera podría terminar aquí y despedir alegremente a todos los espectadores. Pero Wagner se reserva una apoteosis final cuyo profundo sentido no hay que pasar por alto. No sólo Beckmesser, el crítico envidioso y celoso, ha salido mal parado en la ópera, sino también, hasta cierto punto, todo el gremio de los maestros cantores. Su estrecha adhesión a reglas tal vez superadas mucho tiempo antes, su exagerada valoración del conjunto de normas y teorías de las mencionadas «tablas poéticas» (Tabulatur en alemán), que se quieren poner por encima del arte vivo, los ha hecho aparecer bajo una luz poco favorable. Entonces, cuando Pogner quiere ofrecer al joven caballero no sólo la mano de Eva, sino el derecho a pertenecer al gremio de los maestros cantores, simbolizada por una cadena de oro, Walther rechaza esta última violentamente. Entonces interviene Sachs, y con su grandioso discurso final culmina la obra haciendo de manera apasionada una profesión de fe artística, un juramento de fidelidad a los maestros, que con la intención más pura y la fe más profunda consagraron su vida a un ideal. «¡No despreciéis a los maestros y honrad su arte!», exclama dirigiéndose a Walther y al pueblo. Aunque a veces se equivoquen o tropiecen en la oscuridad, su sincera entrega a la gran misión, su vínculo con la tradición, que representa una cadena infinita desde el lejano pasado hasta el lejano futuro, es su mérito imborrable. Con la orgullosa advertencia (que de ninguna manera debe malinterpretarse en sentido nacionalista) «¡Honrad a vuestros maestros alemanes!», la ópera llega a una luminosa apoteosis del espíritu, a la que las banderas, los estandartes, los escudos, el vestuario, el brillo del sol sobre la venerable Núremberg ponen un marco insuperable y a la que una orquesta gigantesca añade sonidos inolvidables en la tonalidad de Do mayor.

Fuentes: Hans Sachs es una figura histórica. El «zapatero y además poeta» (como se refería a sí mismo) vivió en Núremberg entre 1494 y 1576, y aproximadamente en 1555 fue designado presidente del gremio local de maestros cantores. De sus numerosas obras se han conservado poesías, farsas de carnaval y piezas de teatro que demuestran una gran capacidad poética y dramática. También Beckmesser vivió realmente, aunque no como lo ha representado Wagner, es decir, como blanco de sus burlas (y de su inquina contra los críticos). Los maestros cantores eran los sucesores burgueses y urbanos de los Minnesanger, que eran caballeros, una especie de trovadores; la diferencia entre ambos es tan grande como la que separa las épocas en que vivieron: la época feudal, aristocrática, individualista, y la era burguesa, fuertemente reglamentada, colectivista (aunque también movida por grandes ideales). Todo lo que Wagner dice sobre la Tabulatur, las tablas poéticas y musicales de los maestros cantores, es histórico. El poema «¡Despertad! ¡Se acerca el día!», utilizado en el acto tercero, es un himno que Sachs compuso en honor de Martín Lulero; Wagner lo convirtió, con las mismas palabras, en un elogio de Sachs, de parte de los habitantes de Núremberg. Sin embargo, toda la acción surgió de la fantasía de Wagner; liada de lo descrito en la obra ocurrió realmente.

Libreto: Entre las obras de madurez do Wagner, Los maestros cantores de Núremberg es su única comedia, así como su única obra basada en elementos puramente humanos, sin añadidos sobrenaturales o legendarios. ¡Cuánto supo hacer Wagner al margen de las bases históricas! No sólo creó vida concreta, imaginada libremente, con amor, pasión, envidia, celos; no sólo puso en el escenario operístico a personajes que quedan grabados para siempre en la memoria, no sólo imaginó una acción en la que todos sus rasgos y afectos pueden vivir plenamente, sino que, más allá de eso, creó un cuadro de época que puede servir de modelo para el conocimiento de las ciudades medievales y su oposición al feudalismo, la época anterior. La obra, con su enfrentamiento entre Walther el Minnesanger y los maestros cantores, es un ejemplo clásico para la historia de la música medieval.

Wagner creó con Hans Sachs una de sus figuras teatrales más grandiosas: inteligente, sabio, cómico, sensible, noble, desinteresado y servicial. Tal vez se pueda ver en él un retrato de Wagner: no hay duda de que en este caso puso en escena un fragmento de autobiografía. Es posible que al observador objetivo este autorretrato le parezca muy idealizado, pero eso no cambia en absoluto la suposición de que Wagner se ha visto a sí mismo tal como describe a Sachs. Su fuerza poética es sorprendente, cada escena rebosa vida por todas partes, cada diálogo muestra puntos brillantes, cada cuadro nos obliga a participar, pero también a reflexionar: el interior de la iglesia con el salón destinado a la reunión de los maestros cantores, el cuadro nocturno de las calles con sus casas típicas, el taller del zapatero, el campo de festejos. Incluso sin música, Los maestros cantores de Núremberg sería también una obra de teatro muy bella y efectiva, llena de humor e ingenio, de «broma, sátira, ironía y sentido profundo» (por emplear las palabras de Grabbe).

Música: Pero la música existe y eleva la comedia de las palabras a una hazaña genial, única en el sentido del drama musical. Los maestros cantores de Núremberg es la única comedia de Wagner (si se pasa por alto Das Liebesverbot, que tiene tan poca importancia en la vida de Wagner como Un giorno di regno en la de Verdi). Es también una de las partituras operísticas más extensas, pues su ejecución (como la de Tristán e Isolda, El ocaso de los dioses y Parsifal) sobrepasa las cinco horas. Pero en todo este dilatado desarrollo no se descubre un solo compás flojo, ninguna costura o punto de ruptura. La diferencia de estilo respecto de Tristán e Isolda es total; allí dominaba el cromatismo, mientras que las armonías de Los maestros cantores de Núremberg son diatónicas. Sonidos oscuros, acordes nostálgicos, melodías «infinitas» expresaban allí la noche y la muerte, mientras aquí todo irradia la luz más clara: sonidos luminosos, acordes claros, melodías terrenales. A pesar de todo, Wagner cita una vez en Los maestros cantores de Núremberg un paso de Tristón e Isolda; Hans Sachs, dirigiéndose a Eva, canta las palabras: «Niña, conozco la triste historia de Tristán e Isolda; Hans Sachs era sensato y no quería la felicidad del señor Marke...», mientras el canto y la orquesta evocan los sonidos de Tristón e Isolda. El reiterado deseo de buscar Leitmotive en las obras de Wagner ha encontrado más de treinta en Los maestros cantores de Núremberg; se podrían señalar todos e incluso ponerles los nombres (inventados por los musicólogos). Pero ¿se ayudará con ello a una verdadera comprensión de Wagner? Pues los valores admirables son precisamente las grandes líneas, la inclusión de los elementos más variados en un arco poderoso, amplio y audaz, que puede alcanzar varias escenas, incluso un acto completo. El conocimiento de la significación de los diferentes motivos facilita la comprensión del argumento y de los pensamientos y sentimientos de los personajes: pero un procedimiento demasiado analítico corre el peligro de pasar por alto las síntesis.

La caracterización musical vuelve a alcanzar en esta ópera un punto culminante. Como se comprenderá, Hans Sachs es quien ha sido modelado con el mayor afecto; en él, Wagner se ha representado a sí mismo, y la música nos permite acceder a esta figura tanto como el texto. En cada palabra, en cada melodía hay una profunda comprensión de lo humano, un amor bondadoso y maduro por la mayoría de la gente, una prudente modestia, pero también una enérgica autoridad. Un Wagner idealizado, tal como Wagner quería ser. Como fuese, una figura teatral magnífica e infinitamente digna de ser amada. Wagner pintó a su rival Beckmesser con la más fina ironía; y sin embargo, al igual que en el Falstaff de Verdi, hay algo humanamente conmovedor en esta figura ridiculizada y grotesca. Los conjuntos (sobre todo el magnífico quinteto) y los coros, que participan llenos de vida en la acción y que en el «¡Despertad!» alcanzan uno de los puntos culminantes de mayor efecto, merecen especial elogio.

Historia: Wagner tuvo la idea de componer Los maestros cantores de Núremberg ya en 1845, cuando se encontraba en Marienbad. Entre tanto ocurrieron muchas otras cosas: Lohengrin, una buena parte de El anillo del Nibelungo, Tristán e Isolda. A pesar de todo, Wagner ya menciona el plan cuando en 1851 publica en Zúrich Eine Mitteilung an meine Freunde. De esta ciudad procede también la visión del campo donde se celebra la fiesta: en la fiesta popular denominada Sechselauten, la entrada de los gremios tiene un papel importante. Wagner la convirtió en el eje de la última escena. Luego hubo un largo paréntesis de silencio hasta 1861. En el mes de diciembre de este año y en enero del año siguiente redactó el texto. La composición la realizó en diferentes lugares y le ocupó varios años: en Biebrich am Rhein, en Viena, en Lucerna. La última página de la partitura tiene la anotación: «Fin de los maestros cantores. Tribschen, 24 de octubre de 1867 a las 8 de la noche. R. W». En los más de veinte años transcurridos, la obra sufrió varias transformaciones en la mente del compositor. (Entre otras, una citada a menudo, aunque poco importante en sí: la figura del ridículo «marcador» no llevaba al principio el nombre neutral de Beckmesser, sino que, con clara alusión al «archienemigo», el importante crítico vienes Hanslick, se llamaba «Hans Lick» o «Hanslich».)

El estreno tuvo lugar en el Hoftheater de Munich, por orden del rey Luis II, el 21 de junio de 1868, bajo la dirección de Hans von Bülow. El teatro ofrendó a Wagner la más grande ovación de su vida. Las críticas, ignorantes y hostiles, no impidieron sin embargo la difusión de la obra: en 1869 se representó en Dresde, Karlsruhe, Dessau, Mannheim y Weimar; y en 1870, en Hannover, Viena y Berlín (donde cosechó algunos silbidos). En pocos años, Los maestros cantores de Núremberg conquistó los escenarios de Praga, Riga, Copenhague, Rotterdam, Amstcrdam, Londres (en inglés) y Budapest (en húngaro). Llegó u París, la ciudad más antiwagneliana de la época, en 1897, aunque ya se había representado en francés en Lyón y Bruselas (1885). Antes de fin de siglo pudo oírse en Italia, en Norteamérica y en Sudamérica (en esta última en italiano).
 
  • Los maestros cantores de Núremberg de Richard Wagner
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Más Notas
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Breves

  • HECTOR BERLIOZ

    Fue un creador cuyo obstáculo fue la intransigencia de la mayoría de los músicos en casi todos los temas, desde su apoyo al uso del saxofón o a la nueva visión dramática de Wagner. Su vida fue excéntrica y apasionada. Ganó el Premio de Roma, el más importante de Francia en aquel momento, por una cantata hoy casi olvidada. Su obra musical es antecesora de estilos confirmados posteriormente.

  • El aprendiz de brujo de Paul Dukas se basa en una balada de Goethe. Es un scherzo sinfónico que describe fielmente cada frase del texto original.

  • La primera ópera de la que se conserva la partitura es Orfeo de Claudio Monteverdi. Se estrenó en Mantua en 1607, con motivo de la celebración de un cumpleaños, el de Francesco Gonzaga.

  • La obra que Stravinski compuso desde la época del Octeto de 1923 y hasta la ópera The Rakes Progress de 1951, suele considerarse neoclasicista.

  • En la Edad Media encontramos la viela de arco, de fondo plano y con dos a seis cuerdas, que se perfeccionó en la renacentista, hasta llegar a su transformación en el violín moderno a partir del siglo XVI, cuando se estableció una tradición de excelentes fabricantes (violeros) en la ciudad de Cremona.


Citas

  • DANIEL BARENBOIM

    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • GEORGE GERSHWIN

    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • GUSTAV MAHLER

    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • FRANZ SCHUBERT

    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • BEDRICH SMETANA

    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

MULTIMEDIA

  • Sinfonía Nº 38 "Praga"

    Wolfgang A. Mozart

  • Porgy and Bess

    George Gershwin

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Ciclo 2011 - Programa N° 8

  • Voces de primavera

    Johann Strauss

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Ciclo 2011 - Programa N° 12

  • Romeo y Julieta

    Piotr Illich Chaikovski

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Ciclo 2011 - Programa N° 18

  • Manuel de Falla (primeras obras)

    Biografía

Intérpretes

Músicos

José Canet

José Canet

Canet es el prototipo del clásico guitarrista tanguero, dispuesto siempre a unir su guitarra a una voz de tango. Sus influencias se remontan al estilo de los acompañantes de Gardel, Magaldi y Corsini. Fue uno de los pocos guitarristas que logró evadir las influencias de Roberto Grela, creador de toda una escuela en el tango. Su estilo estaba enraizado en forma directa a los conjuntos de guitarras clásicos. En muchas de sus actuaciones agregó al trío o cuarteto de guitarras otros instrumentos de cuerda: contrabajo, violines y violonchelo.

Músicos

Raúl Garello

Raúl Garello

Leyendo el diario Clarín encontré un interesante artículo de Héctor Negro sobre el maestro Raúl Garello donde contaba que nació en la ciudad de Chacabuco, Provincia de Buenos Aires y afirmaba, que a través del tiempo, con su presencia, el tango contemporáneo logró exhibir uno de los más importantes aportes en lo que se considera la promoción de músicos "post Piazzolla". Coincido totalmente con este concepto, porque como es público y notorio, Astor marcó una verdadera brecha entre el sonido de los cuarenta y el tango actual, un antes y un después en la música porteña. Garello es una feliz consecuencia de este proceso.

Voces

Julio Sosa

Julio Sosa

Sin lugar a dudas, Julio Sosa fue el último cantor de tango que convocó multitudes. Y en ello, poco importó que casi la mitad de su repertorio fuera idéntico al de Carlos Gardel, aunque también es cierto que interpretó algunos títulos contemporáneos. Como dice el investigador Maximiliano Palombo, fue una de las voces más importantes que tuvo el tango en la segunda mitad de los años cincuenta y principios de los sesenta, época en que la música porteña pasaba por un momento no demasiado feliz".

Junín, 13/06/2016

Presentaron “Tango en Junín”

Los amantes del tango podrán disfrutar de diversas actividades durante cinco días en Junín. El intendente la Ciudad, Pablo Petrecca, presentó oficialmente “Tango en Junín”, un importante ciclo cultural que se desarrollará entre el 13 y el 17 de julio próximos e incluirá la realización de la preliminar del Festival y Mundial de Tango BA 2016.

Mar del Plata, 30/05/2016

Amelita Baltar en el Teatro Colón

El sábado 11 de Junio a las 21 hs se presentará en el Teatro Municipal Colón la gran cantante Amelita Baltar, acompañada por la Orquesta Municipal de Tango que dirige el Maestro Julio Davila y el pianista Aldo Saralegui como invitado especial. Luego de su presentación en Mar del Plata, la cantante estrenará un nuevo espectáculo: "Noches de Kabaret" en el Teatro Maipo de Buenos Aires.

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