Jueves, 13 de Diciembre de 2018

Clásica y Ópera | Ópera

La Bohéme de Giacomo Puccini

La Bohéme de Giacomo Puccini

El 1º de febrero de 1896, un joven Arturo Toscanini dirige en el Teatro Regio de Turín el estreno de "La Boheme" de Giaccomo Puccini. Una partitura magistral para uno de los mejores libretos del campo de la ópera. Puccini encontró en este libreto el argumento ideal para sus inclinaciones y su capacidad. Cada detalle está descrito de manera magistral, la calidez de las melodías se enciende en un texto que simpatiza con los sentimientos humanos.








Cuatro cuadros basados en la novela Scénes de la vie de bohéme de Henri Murger, libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica.


Personajes: Rodolfo, un poeta (tenor); Marcel, un pintor (barítono); Schaunard, un compositor (barítono); Collin, un filósofo (bajo); Mimi (soprano); Musette (soprano); Benoit o Bernard, el casero (bajo); Parpignol, vendedor de juguetes (tenor); Alcindor (bajo); aduaneros, soldados, niños, pueblo.

Lugar y época: París, 1830.

Argumento:
El telón se levanta sin preludio orquestal. Ésta era una práctica introducida por el verismo que aparece no solamente en las obras italianas de la época sino también en Salomé y Elektra de Richard Strauss; Puccini había compuesto ya Manon Lescaut sin obertura y mantuvo esta práctica, menos en el caso de Madame Butterfly.

Una especie de Leitmotiv de la vida bohemia nos presenta la buhardilla del Barrio Latino donde trabajan y viven Rodolfo el poeta y Marcel el pintor, y cuyos más frecuentes visitantes son el compositor Schaunard y el filósofo Collin. Rodolfo está sentado ante un manuscrito, Marcel pinta, pero hace demasiado frío para estarse tranquilamente sentados. Rodolfo ha de sacrificar un manuscrito para avivar un poco el fuego de la estufa. La pobreza se ve en todas partes, pero no impide el buen humor de los moradores de la buhardilla. Collin vuelve con las manos vacías de la casa de empeños. Pero de pronto se abre la puerta y como por un milagro aparece Schaunard con comida, vino, tabaco y leña. Un lord loco le ha pagado una suma considerable por alguna razón ridícula. Los amigos pueden celebrar la Nochebuena, cuyas primeras luces acaban de encenderse en la ciudad.

Pero se presenta un gran peligro; llega el viejo casero para cobrar los alquileres no pagados. Los amigos lo invitan a un vaso, y el vino desata la lengua de Benoit, de manera que cuenta dos antiguas aventuras de amor eternamente añoradas. Los jóvenes se «indignan» (¡un hombre casado que seduce a jóvenes!) y lo echan con dignidad fingida... sin pagar el alquiler, como es lógico.

Entonces deciden pasar la noche en el Café Momus. Sólo Rodolfo se queda un poco todavía para terminar su artículo. Sin embargo, la inspiración no le obedece. Unos tímidos golpes en la puerta lo interrumpen: aparece una vecina cuya vela ha apagado el viento en la escalera. Rodolfo advierte su debilidad, la conduce a una mesa y le ofrece vino. A la joven se le cierran los ojos de agotamiento. El poeta la contempla largamente. ¡Tiene un rostro encantador a pesar de su palidez! Poco a poco, la joven vuelve en sí, enciende la vela y abandona la buhardilla. Pero regresa en seguida: ha olvidado o perdido la llave. El viento vuelve a apagarle la vela. Entonces Rodolfo apaga también su lámpara. Sólo las lejanas luces de la ciudad iluminan la buhardilla; en ese momento, Puccini da forma musical a una magnífica escena de amor. Rodolfo y la joven buscan la llave tanteando en el suelo; el poeta la encuentra, pero se la guarda. Sus manos se tocan: ¡qué frías están las de ella!

Y como si el contacto de sus manos abriera en estos seres cámaras secretas del corazón, comienzan a contarse su vida. Rodolfo primero: habla de sus sueños, de sus fantasías. Las melodías se extienden con amplitud, toda la felicidad anhelada por el oscuro poeta está en ellas. Luego responde la joven: se llama Lucia, pero le dicen Mimi.
¡Con qué delicadeza describe Puccini cada detalle del relato de Mimi! Es costurera, hace flores con telas y sedas, allí, en su buhardilla. Su voz la hace parecer tímida, como si las primeras palabras surgieran con vacilación de su alma. Sin embargo, su relato se transforma en melodía, florece lleno de calor interior con la aparición de los primeros rayos de la primavera, vuelve a caer en la fría realidad y termina con unas palabras casi habladas: no tiene nada más que contar sobre sí, que el vecino perdone la molestia. Sin embargo, Rodolfo y Mimi ya no pueden separarse. Son dos solitarios y en ese momento se abrazan, temblorosos e infinitamente felices. Una melodía de amor une sus voces sobre el lejano contrapunto de los amigos y la Navidad en París. Abandonan la buhardilla cogidos del brazo para celebrar juntos la noche.

El segundo cuadro describe la actividad festiva que hay ante el Café Momus del Barrio Latino. Han puesto mesas en la acera, los vendedores ambulantes pregonan sus mercancías, niños y soldados dan vida al abigarrado conjunto. Los amigos y muchos otros bohemios celebran la noche con alegría y despreocupación. Rodolfo ha comprado a Mimi un ramillete de rosas; en la mesa de Marcel, Collin y Schaunard reciben cordialmente a la pareja de enamorados. Pero cuando llegan al brindis, Marcel descubre en una mesa vecina a su ex amada, Musette, que se ha sentado allí con un viejo y ridículo admirador. Musette es tan coqueta como antes, pero está igual de encantadora; su melodía de vals, que se ha hecho famosa, la caracteriza magistralmente.
También Musette ha visto a Marcel y el antiguo amor vuelve a encenderse en ambos. Musette se libera astutamente de su acompañante y se arroja en los brazos abiertos del pintor, que entona un himno de triunfo con la melodía de vals de Musette. Alegremente abandonan todos el local, se mezclan con la excitada multitud que celebra la Navidad a la manera de París. El viejo admirador regresa a la mesa que ha quedado vacía y tiene que pagar las bebidas de todos.

Así como el segundo acto contrasta de un modo muy efectivo con el primero, el tercero contrasta a su vez con el segundo. En el límite de la ciudad, la «barriere d'enfer» (que realmente produce el efecto de ser la entrada del inconsolable mundo subterráneo), la neblinosa noche de invierno se transforma en un amanecer gris, opresivo y que apenas se advierte. Los aduaneros adormilados revisan los cestos de algunas mujeres que van al mercado. Todo respira frío, opresión, angustia. La nieve cae constantemente y Puccini describe el espectáculo con un par de quintas vacías en las que hay más atmósfera que en muchas grandes piezas orquestales.

En el fondo hay una taberna, pero incluso su pálida luz tiene algo de irreal y melancólico. Aparece Mimi, agitada y angustiada. Pregunta por la posada en que Marcel pinta unos murales. Tal vez se haya refugiado allí Rodolfo al abandonarla. El pintor aparece en la puerta; la reconoce y se asusta. Sí, Rodolfo está con él, ha ido con las primeras luces del amanecer para dormir un poco. Un terrible ataque de tos sacude a Mimi. Antes de que Marcel pueda impedirlo, Rodolfo se le acerca y le dice la verdad, que Mimi escucha oculta detrás de un árbol: la razón de su huida no fueron los celos, que simuló ante el amigo y ante Mimi, sino su mortal enfermedad; Rodolfo no puede verla sufrir, pues le faltan los medios para auxiliarla. Mimi debe alejarse si quiere salvarse, debe irse de la helada buhardilla, debe alejarse de la miseria. Encontraría una vida mejor si abandonara a Rodolfo. Un nuevo ataque de tos revela la presencia de Mimi. Lleno de amor, Rodolfo la rodea con sus brazos. El canto y la orquesta fluyen con ternura y dolor. No, no pueden separarse, no en medio del terrible invierno, en el que todas las cosas se estrechan. No en aquel momento. Tal vez en primavera, pero ninguno de los dos lo cree. Marcel sale corriendo en cuanto oye la coqueta voz de Musette en la posada. Un magnífico cuarteto corona el acto: lleno de tiernas melodías para Rodolfo y Mimi, y con el ingenioso contrapunto de la pareja que discute violentamente al fondo y que cruza los insultos más increíbles.
Dirigia

El último cuadro nos lleva otra vez a la buhardilla. Rodolfo y Marcel intentan inútilmente trabajar. Recuerdan, en un dúo expresivo, a Mimi y a Musette, que rompieron con ellos hace mucho tiempo. ¿Cómo les irá a ambas en la galante vida de París? Los amigos suspiran. Llegan Schaunard y Collin, y de repente reaparece la antigua y despreocupada alegría. Los cuatro bohemios bailan, se baten en grotescos duelos, están locos de alegría. En el punto culminante del alboroto, se abre la puerta de golpe. Aparece Musette sin aliento, porque ha subido corriendo las escaleras. Anuncia a los amigos la llegada de Mimi, gravemente enferma. Preparan rápidamente la cama, Rodolfo corre a recibir a su amada. Mimi entra pálida y con todos los signos del sufrimiento; Rodolfo la conduce al lecho con cuidado. Musette cubre la lámpara para que la luz no moleste a la enferma. Marcel, conmovido, observa la bondad de su antigua amada. Collin decide empeñar su abrigo para ayudar a Mimi; Puccini hizo de esta «aria de despedida» a la prenda uno de los momentos más afortunados de la partitura, llena de rasgos finos, dolorosa melodía y cierta dosis de humor. Schaunard sale también, y Marcel abandona la casa, junto con Musette, para hacer diligencias y buscar un médico.

Los amantes están solos. Aparecen recuerdos (y la orquesta los lleva suavemente a la conciencia): fue allí, aquella noche de Navidad..., se había perdido la llave..., Rodolfo la encontró..., el primer contacto con la mano helada..., el primer beso. Melodías de antaño recorren la mísera buhardilla. Regresa Marcel; dice que pronto acudirá el médico. Musette lleva un manguito. Ya no tendrá las manos frías, dice Mimi sonriendo. Y Rodolfo estará siempre con ella. Qué tranquila se siente..., quisiera dormir..., dormir. Y con la melodía de las manos heladas, Mimi se duerme dulcemente y deja de existir.

Libreto: En un prólogo, los libretistas Giacosa e Illica atribuyen modestamente a Murger, a quien siguieron, los méritos del libreto. No se refieren con ello a la novela, sino a la versión teatral, que apareció en 1849. Pero en realidad cambiaron algunas cosas esenciales. El decisivo personaje de Mimi no aparece en Murger: sus características se reparten en el original entre distintas figuras femeninas. Inútilmente buscaríamos también un Rodolfo en Murger: allí se llama Jacques. El primer encuentro entre Rodolfo y Mimi (que en la obra de Murger se llama Francine) se produce de una manera diferente: no es el hombre el que encuentra las llaves y las oculta, sino la joven... De todos modos, La bohéme es uno de los mejores libretos del campo de la ópera.
Los dos libretistas se complementan de manera casi ideal. Giuseppe Giacosa (1847-1906) fue un poeta de bello lenguaje e imágenes poéticas, mientras que Luigi Illica (1859-1919) tenía talento sobre todo en la parte dramática, en la configuración escénica. Por lo demás, parece que la redacción del libreto fue bastante problemática, por lo que Giulio Ricordi, el editor y amigo de Puccini, tuvo que intervenir como conciliador.

Música: Puccini encontró en este libreto el argumento ideal para sus inclinaciones y su capacidad. Cada detalle está descrito de manera magistral, la calidez de las melodías se enciende en un texto que simpatiza con los sentimientos humanos. Puccini supera el verismo con la melodía íntima; moderniza el romanticismo y llega al estilo que desde entonces será su característica inconfundible. Tenemos delante una partitura magistral en que gran cantidad de detalles maravillosamente logrados se une para configurar una totalidad magnífica. Como ocurre en las obras maestras, no hay un solo compás flojo: hay en cambio una serie de puntos culminantes que se han vuelto mundialmente famosos y muy populares. A ellos pertenecen las dos primeras arias de Rodolfo y Mimi («Che gélida manina» y «Mi chiamano Mimi»), el dúo que entonan ambos al final del primer cuadro, el vals de Musette, el cuarteto del cuadro tercero, que no tiene comparación por su atmósfera invernal y melancólica, y, después del dúo de Rodolfo y Marcel, la escena de la muerte de Mimi.

Historia: Puccini no dejó una autobiografía escrita. Pero hacia el final de su existencia contó muchas cosas sobre su vida a un joven amigo y admirador. En las descripciones de éste (Arnaldo Fraccaroli, Giacomo Puccini si confida e racconta, G. Ricordi, Milán, 1957) leemos el siguiente recuerdo de 1893: «Una tarde lluviosa en que no tenía nada que hacer, cogí un libro que no conocía: la novela de Henri Murger me golpeó como un rayo...». En seguida tomó la decisión de componer una ópera a partir del libro. En otoño del mismo año, 1893, Puccini se encontró en Milán con su viejo amigo Leoncavallo, el compositor de Pagliacci. Entusiasmado, contó al compañero de los años difíciles de juventud que estaba trabajando en una nueva ópera: una musicalización de la Bohéme de Murger. Leoncavallo pegó un salto y se puso a despotricar, no sólo porque estaba trabajando en el mismo tema, sino porque él mismo había llamado la atención de Puccini sobre aquel libro, pero Puccini no había mostrado interés por él. Puccini había olvidado el asunto, pues los comentarios de Leoncavallo no le habían causado ninguna impresión. En un instante, los amigos se convirtieron en enemigos. Comenzó la carrera por una ópera sobre la «bohemia». La ganó Puccini; su obra se estrenó en Turín el primero de febrero de 1896 y se difundió con mucha rapidez, a pesar de la fría acogida que tuvo. La ópera de Leoncavallo, que ostentaba el mismo título, se estrenó en Venecia, el 6 de mayo de 1897. Muy pronto cayó en el olvido. En la representación de la obra de Puccini dirigió la orquesta un joven que lo hizo de manera brillante. Fue leal al compositor hasta después de la muerte y 30 años después de La bohéme dirigió también el sensacional estreno de Turandot: era Arturo Toscanini.

Fuente: "Diccionario de la Ópera" Kurt Pahlen

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Breves

  • HECTOR BERLIOZ

    Fue un creador cuyo obstáculo fue la intransigencia de la mayoría de los músicos en casi todos los temas, desde su apoyo al uso del saxofón o a la nueva visión dramática de Wagner. Su vida fue excéntrica y apasionada. Ganó el Premio de Roma, el más importante de Francia en aquel momento, por una cantata hoy casi olvidada. Su obra musical es antecesora de estilos confirmados posteriormente.

  • El aprendiz de brujo de Paul Dukas se basa en una balada de Goethe. Es un scherzo sinfónico que describe fielmente cada frase del texto original.

  • La primera ópera de la que se conserva la partitura es Orfeo de Claudio Monteverdi. Se estrenó en Mantua en 1607, con motivo de la celebración de un cumpleaños, el de Francesco Gonzaga.

  • La obra que Stravinski compuso desde la época del Octeto de 1923 y hasta la ópera The Rakes Progress de 1951, suele considerarse neoclasicista.

  • En la Edad Media encontramos la viela de arco, de fondo plano y con dos a seis cuerdas, que se perfeccionó en la renacentista, hasta llegar a su transformación en el violín moderno a partir del siglo XVI, cuando se estableció una tradición de excelentes fabricantes (violeros) en la ciudad de Cremona.


Citas

  • DANIEL BARENBOIM

    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • GEORGE GERSHWIN

    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • GUSTAV MAHLER

    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • FRANZ SCHUBERT

    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • BEDRICH SMETANA

    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

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Argentino Ledesma

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Nació en Santiago del Estero y llegó a ser una de las voces más populares de los años 50. Se lució con la orquesta de Héctor Varela. Cultor de un repertorio de tangos melódicos, que cantaba con voz afinada y gran carisma, Argentino Ledesma grabó alrededor de 500 temas. Algunos de los más perdurables son: "Cuartito azul", "Fueron tres años" y "Fumando espero". Tangos que serían escuchados no sólo en la Argentina sino en toda Latinoamérica, los Estados Unidos, Europa, Australia o Egipto, durante sus giras.

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José Ángel Trelles

José Ángel Trelles

Su voz se identifica con la música de Ástor Piazzolla y las letras de Horacio Ferrer. Con un estilo carente de yeite, está más cerca de la balada que del tango. No obstante, su repertorio integrado con composiciones vanguardistas, es acorde a estas características y resulta atrayente. Dueño de un registro de barítono, es afinado, tiene potencia y es fiel exponente de una generación de vocalistas que interpretan por un lado y cantan por el otro. Entre sus producciones discográficas se destacan: "Balada para un loco", "Y ahora yo", "Aguante barrio", "El ángel vive", grabado junto a la Camerata Porteña y junto al pianista Juan Carlos Cirigliano: "Sólo para dos".

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