Clásica y Ópera | Ópera
Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni
No son pocos los autores cuya fama se basa en una sola obra; menos frecuente es que sea la primera de su carrera. Con Pietro Mascagni ocurrió así y fue suficiente Cavalleria rusticana para asegurarle un lugar de primer nivel en la tendencia operística que se denomina verismo, realismo o naturalismo musical. Aun cuando no se pueda decir que la partitura de esta ópera sea genial en todos los puntos, su aliento dramático conmueve siempre al oyente. Uno podría preguntarse dónde adquirió el compositor semejante maestría siendo tan joven y viniendo de un medio tan modesto.
Ópera en un acto. Libreto de Giovanni Targioni-Tozzetti y G. Menasci, basado en la obra del mismo título de Giovanni Verga.
Personajes: Santuzza, joven de una aldea siciliana (soprano); Turiddu, joven de la misma aldea (tenor); Lucia, su madre (contralto); Alfio, cochero (barítono); Lola, su mujer (mezzosoprano); aldeanos.
Lugar y época: Una aldea de Sicilia, el Domingo de Pascua de un año cualquiera, a fines del siglo XIX.
Argumento: La alegre atmósfera del Domingo de Resurrección resuena en los primeros compases del preludio, construido sobre el sonido agudo de las campanas de primavera. Pero pronto se siente la pasión que se desencadenará en el drama. Fuera de escena se oye la canción de amor de Turiddu, que a ritmo de siciliana elogia la belleza de Lola. Esta desacostumbrada inclusión de una escena de canto en la obertura representa una relajación (moderna para la época) de esa forma musical; es interesante señalar que en las dos obras más célebres del concurso patrocinado por la editorial Sonzogno (Cavalleria rusticana y Pagliacci) se intente salir de la forma usual de la obertura: Leoncavallo por medio del prólogo totalmente cantado y programático, y Mascagni por medio de una canción de ambientación que además prefigura el conflicto trágico: la relación de Turiddu con la mujer de Alfio.
La escena representa una plaza en una aldea siciliana. A un lado está la iglesia; al otro, la casa en que vive mamma Lucia con su hijo Turiddu. Una alegre muchedumbre da vida a la mañana de Pascua; la masa canta melodías, algunas de las cuales se tomaron hábilmente del rico folclore siciliano. Aparece Santuzza; pregunta a Lucia por su hijo. Ésta responde que el día anterior fue a una ciudad vecina a buscar vino. Pero Santuzza no le cree; teme que Turiddu se encuentre en casa de Lola. La atormentan las dudas y los celos.
Entonces llega el cochero Alfio. Con una canción de estilo popular elogia su oficio y la belleza de su joven esposa, Lola. La multitud de la plaza se ha reunido a su alrededor y corea el estribillo. Lucia sale de su casa, Alfio le pide un trago. Mamma Lucia responde que su hijo ha ido a Francofonte a buscar vino. Alfio insiste en que lo ha visto esa misma mañana en la aldea. Acordes solemnes invitan al pueblo a la iglesia, el sonido del órgano contrasta con la alegre actividad de la plaza. Sólo Santuzza se queda atrás. Y en una gran aria confiesa a Lucia su enorme preocupación.
Turiddu había sido amante de Lola. Cuando volvió del servicio militar la encontró casada con Alfio. Fue así como recurrió a Santuzza, que lo quiere con toda el alma. Pero la coqueta Lola ha vuelto a seducirlo.
Aparece Turiddu. Lo irrita visiblemente encontrar allí a Santuzza. En seguida estalla una discusión. A los ruegos desesperados de Santuzza el joven responde sólo con palabras hirientes. El dúo se eleva en arrebatos de un gran dramatismo.
En el punto culminante de la discusión aparece Lola en la plaza. Su canción ligera y sus gestos de burla expresan sin rodeos la alegría que siente ante el mal ajeno. Su triunfo se ve acentuado por la actitud de Turiddu, que se separa violentamente de Santuzza, que llora a sus pies, para seguir a Lola a la iglesia. Santuzza maldice a su amado con toda la fuerza de su corazón siciliano enfurecido.
Así la encuentra Alfio. Y sale a la superficie toda la amargura de Santuzza. Echa la culpa a Lola y a Turiddu. El cochero, hasta ese momento un hombre dicharachero y despreocupado, toma una difícil decisión. Un dúo, también de gran carga dramática, une su voz a la de la joven, que, presintiendo una desgracia, se arrepiente de sus palabras.
El tránsito al cuadro segundo lo constituye el famoso Intermezzo para cuerdas, que puede tocarse con el telón bajado o levantado. La misa ha terminado. La muchedumbre sale de la iglesia. Turiddu invita a sus amigos a tomar un vino.
Alfio se acerca al grupo y saluda a todos cordialmente. Turiddu quiere ofrecerle un vaso de vino, pero Alfio lo rechaza con brusquedad. Todos saben lo que eso significa: un duelo a muerte. De repente, Turiddu comprende lo que ha hecho. Se despide de su madre (los agudos del violín y las frases entrecortadas reflejan su desgarramiento interior). Le pide que no abandone a Santuzza, y antes incluso de que mamma Lucia comprenda lo que ocurre, Turiddu sale corriendo hacia el campo donde lo espera Alfio. Después de unos instantes de gran tensión, se oyen los gritos que anuncian la muerte de Turiddu.
Fuente: El popular drama homónimo del escritor italiano Giovanni Verga (1840-1922).
Libreto: Un libreto muy adecuado para una ópera verista: la atmósfera cargada de pasión, los caracteres, la concentración de la acción en pocas horas; los contrastes entre la mañana de Pascua y el presentimiento de la muerte, entre el medio popular y el sonido del órgano, constituyen un verdadero acierto.
Música: Aun cuando no se pueda decir que la partitura sea genial en todos los puntos, su aliento dramático conmueve siempre al oyente. El empleo de las voces es tan brillante como el de la orquesta. Uno podría preguntarse (como en el caso de Pagliacci, de Leoncavallo) dónde adquirió el compositor semejante maestría siendo tan joven y viniendo de un medio tan modesto.
Historia: El naturalismo (llamado «verismo» en Italia y por repercusión en todo el mundo de la música) dominaba el teatro, la literatura y la pintura de esos años. Todo debía ser auténtico, vivido, ostensible, tomado de la vida cotidiana. Bajo ese signo estaba también el concurso organizado por la editorial Sonzogno de Milán. Mascagni presentó Cavalleria rusticana, dos escenas unidas por un Intermezzo orquestal, y envió la partitura. Ganó el primer premio. Y pocas veces el jurado del concurso coincidió de una manera tan perfecta con la voluntad popular como aquella noche del 17 de mayo de 1890, cuando una multitud jubilosa lanzó a la celebridad mundial, en el Teatro Costanzi de Roma, Cavalleria rusticana, la celebridad se convirtió en seguida en un desfile triunfal sin precedentes.
Pietro Mascagni (1863-1945)
No son pocos los autores cuya fama se basa en una sola obra; menos frecuente es que sea la primera de su carrera. Con Mascagni ocurrió así y fue suficiente Cavalleria rusticana para asegurarle un lugar de primer nivel en la tendencia operística que se denomina verismo, realismo o naturalismo musical.
Nació el 7 de diciembre de 1863 en Livorno (Italia); de joven dirigió grupos operísticos ambulantes de muy poco nivel, igual que Leoncavallo, a quien el destino lo habría de vincular estrechamente. Luego se instaló en Cerignola como maestro de música y director de conjuntos de viento, puesto muy poco importante en Italia y del todo insignificante para la vida musical internacional. Allí tuvo su gran oportunidad: participó en el concurso para óperas en un acto que organizó en 1890 la importante editorial Sonzogno de Milán, lo ganó y la noche del 17 de junio de 1890 obtuvo en el Teatro Costanzi de Roma con su primera obra un indescriptible triunfo que se expandió rápidamente por todos los escenarios del globo y le dio celebridad mundial.
A partir de entonces (el autor tenía sólo 26 años) se esperaron con gran interés todas las obras que salieran de su pluma, pero ya no pudo lograr aquel impacto, a pesar de que compuso varias óperas interesantes, incluso bellas: L’amico Fritz (1891), Iris (1898), Isabeau (1911), El pequeño Marat (1922) y New (1935) fueron los jalones más importantes de una larga vida que, hasta el postrer día (falleció en Roma el 2 de agosto de 1945), estuvo iluminada por el resplandor de Cavalleria rusticana.
- Más Notas
- La novia vendida de Bedrich Smetana
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- Katia y el diablo de Antonin Dvorák