Viernes, 25 de Julio de 2014

Clásica y Ópera | Ópera

Carmen de Bizet

Carmen de Bizet

Una obra maestra inolvidable. Raras veces logra un compositor dar forma simultáneamente a las grandes líneas y al detalle más pequeño. Bizet lo consiguió en esta ópera, y además con un estilo totalmente personal, que no sigue ni a Wagner ni a Verdi (hazaña de la que muy pocos músicos de la época fueron capaces). La melodía, la armonía, el ritmo y la instrumentación son igualmente perfectos en belleza y fuerza expresiva.







Ver:
Historia de Carmen

Ópera en cuatro actos.

Libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, basado en la novela del mismo título de Prosper Mérimée.

Personajes: Don José, sargento (tenor); Escamillo, torero (barítono); Dancairo y Remendado, contrabandistas (tenor y barítono); Zúñiga, teniente de dragones (bajo); Morales, sargento de dragones (barítono); Carmen, gitana (mezzosoprano, ocasionalmente también soprano o contralto); Frasquita y Mercedes, gitanas (soprano y mezzosoprano o contralto); Micaela, aldeana (soprano); soldados, obreras de una fábrica de tabacos, tabernero, gitanos, niños, muchedumbre.

Lugar y época: En Sevilla y sus alrededores, hacia 1820.

Argumento: El breve preludio nos introduce en el ambiente y en el drama. En éste predominan tres temas, que son siempre de una gran plasticidad. Primero un motivo animado y brillante, soberbio y luminoso como el cielo de Sevilla. Pocas veces se ha compuesto una música más «clara»: la tonalidad de La mayor recuerda no sólo el preludio de Lohengrín de Wagner (aunque éste es más delicado y está más apartado de lo terreno, mientras que los compases introductorios de Carmen parecen estar con ambos pies en una plaza de Sevilla abarrotada de una alegre multitud), sino también otras piezas famosas en La mayor: la vital Séptima Sinfonía de Beethoven, la Sinfonía Italiana de Mendelssohn, etc.

El segundo tema es triunfal y ostentoso: pertenece al torero Escamillo. No es culpa de Bizet que se haya vuelto tan popular, que se haya citado miles de veces y que por ello mismo haya estado en peligro de «gastarse». Nadie que lo oiga una sola vez, bien cantado e interpretado, podrá sustraerse a su majestuosa fuerza.

El tercer tema (y casi se tiene la tentación de hablar aquí de Leitmotiv) corresponde a Carmen o, si se quiere, al trágico encadenamiento de los destinos de Carmen y José. Es el motivo de la muerte, que significa el final inevitable de esa pasión. A quien haya visto en Carmen a una mujer frívola o malvada, le bastará este tema para desengañarse.

El primer acto nos lleva a una plaza en Sevilla. A un lado está la fábrica de tabacos en que trabaja Carmen; en el otro hay un puesto de guardia. Un grupo de soldados se encuentra frente al puesto y contempla a los transeúntes. Una joven vestida de aldeana se acerca a ellos y pregunta al sargento Morales por don José. Aparecerá pronto, con el cambio de guardia; tal es la galante respuesta, a la que los dragones añaden la invitación de que se quede en su compañía. Pero Micaela se retira de inmediato. Un grupo de niños marcha por el lugar, imitando a los soldados y entonando a coro una encantadora canción. Don José se acerca con la nueva guardia y se entera de la visita de la joven por sus compañeros. La joven sólo puede ser Micaela, su compañera de juegos de la niñez, la fiel amiga de las montañas. Pero toda la atención se centra en Carmen, que sale a escena con su provocativa belleza física y consciente del poder que ejerce sobre los hombres. La canción que canta al salir a escena puede considerarse un verdadero retrato de carácter.

La melodía original de esta «habanera» es de Sebastián Yradier, compositor de numerosas canciones de ritmo cubano que se han hecho famosas (por ejemplo, «La paloma», la más famosa). Pero ¡cuánto ha hecho Bizet con esta sencilla melodía! Una descripción de un carácter y una escena cargada de dramatismo. Carmen canta para llamar la atención del único hombre al que no mira: José. Y cuando termina la canción y todos la rodean, arroja una flor a la cara del sargento, al que todavía no mira. Todos prorrumpen en carcajadas; sólo la orquesta no toma parte en la diversión: el motivo del destino suena sombrío; la muerte próxima se anuncia. ¡Un instante genial!

José, sumido en sus pensamientos, contempla la flor. Entonces aparece Micaela, la fiel amiga de su aldea de las montañas. Micaela ahuyenta los pensamientos de José: le trae una carta de su madre, un tierno y cariñoso saludo.

La pureza de Micaela hace que la imagen sensual de la gitana se desvanezca. Las luminosas alturas de la tierra natal, el valle silencioso y la imagen de la madre aparecen ante José. Cuando Micaela emprende el regreso a su casa, José se concentra en la carta que le ha dado su amiga. Pero un tumulto y unos gritos lo interrumpen. En la fábrica se ha desatado una pelea entre las mujeres y Carmen ha herido a otra obrera. El oficial envía a José a detener a la agresora. Cuando la llevan ante Zúñiga, responde a todas las preguntas con una canción sin palabras, seductora y desvergonzada. Don José no puede sustraerse a la impresión que le produce la gitana. Cuando Carmen se queda sola con él ante el puesto de guardia, remata su obra con una «seguidilla», una rápida canción popular del sur de España, en la que promete a su amado placeres sin límite. José lucha desesperadamente consigo mismo, pero sucumbe a la tentación. Cuando el oficial regresa con la orden de detención, José ya ha tomado la decisión de dejar huir a Carmen. La consecuencia es su propia detención, su encierro durante dos meses, su degradación a simple soldado.

El preludio del acto segundo, significativo como los cuatro preludios de la ópera, contiene la canción popular española de los «dragones de Alcalá» (que más tarde cantará don José al hacer su aparición). Nos encontramos ahora en la sospechosa taberna de contrabandistas de un tal Lilla Pasta, del que Carmen contó cosas muy interesantes en su seguidilla. Soldados, contrabandistas y gitanos bailan y beben aquí libremente. Carmen, Frasquita y Mercedes cantan la letra de una danza basada en melodías españolas. Carmen rechaza a los hombres que la desean. Piensa en el soldado que arriesgó su libertad por ella.

Se produce un tumulto de júbilo: el famoso torero Escamillo entra en la taberna. Responde al brindis de bienvenida con su conocida aria, que describe una corrida de toros y a la que ya hemos aludido más arriba. También Escamillo siente la fuerte personalidad de Carmen; sin embargo, la gitana no le da esperanzas, a pesar de la visible aprobación que encuentra en él. El torero sale entre vítores, acompañado de muchos parroquianos. Por último quedan los contrabandistas, que hacen nuevos planes. Bizet incluyó aquí un quinteto (Carmen, Frasquita, Mercedes, Dancairo, Remendado) que pertenece a las perlas de la partitura y de toda la literatura operística. Carmen se disculpa por no poder participar en el próximo golpe. La razón resulta incomprensible para sus amigos: está enamorada, enamorada como una adolescente que espera a su amado; traviesa, juguetonamente enamorada. A lo lejos suena una canción. Carmen reconoce la voz: es José. Alegremente se prepara para recibirlo. Le dará la bienvenida con canciones y danzas, ¿acaso no se lo merece? ¿Lo quiere realmente? Lo tiene en el recuerdo, después de su breve encuentro, diferente de como es en la realidad. Se precipita en sus brazos, lo obliga a sentarse, quiere enseñarle su arte y también sus encantos, por los cuales arden de deseo todos los hombres. José no tiene experiencia en el trato con mujeres. ¡Y menos con una como ésta! ¿Es posible que esta magnífica mujer lo quiera? Carmen resplandece, está en su elemento.

¡Y el cielo mismo envía el acompañamiento de su canto! El sonido de las trompetas del lejano cuartel se combina con su canción, formando un emocionante contrapunto. José está serio, intranquilo. Carmen al principio no puede comprenderlo: ¡las trompetas significan revista! ¡Y revista significa expulsión! ¿Acaso su soldado no está allí? ¿No ha llegado para ser feliz con ella? ¿Acaso ella no quiere hacerle olvidar todos los sufrimientos de las semanas de calabozo? Sin embargo, José se levanta y se prepara para irse. La alegría de Carmen se transforma en furia; su amor sufre el primer desgarramiento, que no se curará jamás. Se burla de él, con ardor y pasión, del mismo modo que un momento antes lo amaba. Desesperado, José se arroja a sus pies. «La fleur que tu m'avais jetee...», así comienza la famosa escena conocida en todas partes como «aria de la flor», que se ha convertido en una de las piezas más conmovedoras de la literatura operística. Es una ardiente confesión de amor, un grito de deseo, después de los grises días de calabozo en los que sólo irradiaba luz la flor que Carmen le había arrojado al principio. El final (admirable desde el punto de vista armónico) se convierte en un sollozo ahogado; y en un epílogo de conmovedora belleza.

Sin embargo, Carmen no se conforma con palabras. Si José la ama, debe demostrarlo: debe abandonarlo todo para compartir con ella la vida libre de los contrabandistas. José entabla una dura lucha interior. Desde fuera le imponen una decisión. Su oficial regresa inesperadamente a la taberna; después de cambiar unas palabras, ambos empuñan las armas. Los contrabandistas los separan, pero José ya no puede volver al cuartel, a su vida anterior. La amplia línea melódica de la «libertad» que promete Carmen suena grandiosa y tentadora.

Un nuevo interludio, el más bello de todos, introduce el acto tercero. Una flauta y un arpa elogian la dulzura de la noche de verano en las montañas andaluzas.

Los contrabandistas llegan a su refugio situado entre montañas inaccesibles. La canción que cantan a coro por el camino es de una polifonía magistral. Carmen y José están un poco separados de sus compañeros. Pero la época de su amor ha pasado; hay palabras amargas entre ellos. José recuerda con melancolía que su madre vive cerca de allí y que todavía lo considera un hombre honrado. Carmen, burlándose, le pregunta por qué no va a visitarla. Luego se dirige al lugar donde Frasquita y Mercedes, entre risas y bromas, leen su destino en las cartas. Carmen también coge las cartas, pero cada vez que las mezcla le predicen la inminencia de la muerte.

Los contrabandistas parten y dejan a José a cargo del campamento. Entre las rocas aparece Micaela; ha llegado para llevar a José a ver a su madre enferma. (En la versión original, un pastor conocedor del lugar la lleva hasta el refugio prácticamente inaccesible, lo que parece más lógico que esta inesperada aparición en un lugar tan secreto.) Bizet ha dedicado aquí un aria a Micaela que, desde el punto de vista del público, es una de las piezas principales de la partitura, pero que desde el punto de vista dramático parece un poco superflua. Micaela ve entre las rocas una figura. Reconoce a José y quiere llamarlo, pero entonces es testigo de una conmovedora escena.

Escamillo penetra, impulsado por el deseo de Carmen, en el campamento abandonado, José lo descubre y casi lo mata de un tiro. Un breve diálogo aclara la situación entre los dos hombres. El ex soldado, que por amor a Carmen abandonó el ejército, y que ahora está a punto de perder ese amor (es lo que se comenta y así ha llegado a oídos del torero), se encuentra frente a Escamillo, un hombre acostumbrado a vencer. Los dos rivales se traban en un duelo a muerte con puñales. Sólo la intervención de Carmen salva a Escamillo. Su permanencia en el lugar no se prolonga más tiempo, y dirigiendo ardorosas miradas a Carmen, a las que ésta responde, le hace una significativa invitación a su próxima corrida de toros, que se celebrará en Sevilla.

Descubren a Micaela y la llevan al campamento. La joven pide a su querido amigo de la niñez que vaya junto a su madre moribunda. En José luchan los sentimientos más opuestos: el amor a su madre y la pasión cada vez más desesperada por Carmen. La escena de celos que hace a la gitana es conmovedora. Luego se va. En el valle resuena la canción del torero. El rostro de Carmen se ilumina. Es el destino que la llama.

El preludio del último acto está lleno de vida y resplandor. Es una imagen de España en un brillante día de fiesta, con sus bailes y canciones. Delante de la plaza de toros aparecen hombres vestidos con ropas multicolores. Por último, saludado por gritos de júbilo y admiración y con el resplandeciente traje de torero, entra en escena Escamillo, el ídolo de la multitud; de su brazo llega Carmen, más espléndida, más bella y más llena de amor que nunca.

Por un instante se apagan los gritos de júbilo y los himnos; Escamillo y Carmen cantan una melodía breve pero entrañable. Entonces el torero entra en la plaza, donde la multitud lo espera con impaciencia. Carmen se queda frente a la entrada, en parte porque es una antiquísima tradición que la compañera del torero no esté presente en la faena, y en parte porque no teme a José, de cuya presencia ha sido advertida. Quiere esperarlo para aclarar su nueva situación. José se presenta ante ella; su aspecto despierta más compasión que miedo; se ha debilitado, está perdido, atormentado, desesperado. Con un último resto de pasión ruega a su amada que regrese de nuevo con él para comenzar una nueva vida. Carmen se niega. Es una lucha desigual entre este hombre destrozado por la vida y la mujer resplandeciente que arde en el fuego del amor; sólo a medias oye la desdichada súplica de José; toda su alma está concentrada en el otro, en la plaza de toros, de la que se oyen los gritos, las exclamaciones de entusiasmo de la multitud. ¡Qué escena! El teatro más desnudo y más brutal, creado por una mano maestra. Desde la orquesta asciende el motivo del destino, de la muerte, que se mezcla con la canción triunfal de la masa. Carmen se levanta y recibe en el corazón la puñalada mortal de José. La corriente humana que sale del ruedo se encuentra con un hombre destruido, aniquilado, que se ha desplomado sobre el cadáver de su única amada.

Más Notas
La zorrita astuta de Leos Janácek
Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni
Los pescadores de perlas de Georges Bizet
Katia Kabanova de Leos Janácek
Manon de Jules Massenet

Ver Historial




Breves

  • 31 de mayo de 1809: muere en Viena Franz Josef Haydn, compositor austríaco. Una de las figuras claves del clasicismo junto a Mozart y Beethoven. Considerado padre de la sinfonía, la sonata y el cuarteto de cuerdas aunque estas formas ya existían, pero él las desarrolló con éxito. Su estilo sirvió de transición entre el estilo sentimental del Sturtn und Drang con el recambio clasista, conociendo a las otras dos mayores figuras de este movimiento en circunstancias diferentes.

  • 27 de mayo de 1840: muere durante un viaje a Francia, Niccoló Paganini, compositor y valorado violinista de origen italiano. Sus dotes y su apariencia le dieron fama de "diabólico", pero el público y los músicos lo idolatraban. Tras un demoledor éxito interpretando obras propias y ajenas, se retiró por tres años para profundizar su habilidad en la interpretación de la guitarra. Sin embargo, reapareció en los escenarios consagrándose como el mejor violinista de la historia hasta ese momento.

  • 22 de mayo de 1813: nace en Leipzig, Richard Wagner. Compositor de origen alemán, renovador de la ópera romántica. Fue censurable en casi todos los aspectos, excepto en el arte. Al regresar a Munich se separó de su esposa y vivió una historia de amor con Cosima, la hija de Franz Liszt y esposa de Hans von Bülow. Con ella volvió a Suiza.

  • 18 de mayo de 1909: muere Isaac Albéniz, compositor español. Definió el romanticismo español en materia musical y ejerció además una considerable influencia en otros compositores nacionalistas posteriores como Turina o Falla. Su música se asocia inmediatamente a la música española, plagada de reminiscencias andaluzas, color y un tono pintoresco y descriptivo. Compuso esencialmente para piano aunque su obra siempre hace referencias a la guitarra.

  • 18 de mayo de 1911: muere en Viena, Gustav Mahler. Nacido en Bohemia. Compositor y director de orquesta que vivió en Viena la mayor parte de su vida. Fue uno de los máximos exponentes de la sinfonía posromántica y autor de ciclos de canciones de suprema calidad.


Citas

  • Daniel Barenboim
    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • George Gershwin
    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • Gustav Mahler
    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • Franz Schubert
    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • Bedrich Smetana
    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

MULTIMEDIA

  • Obertura 1812

    Piotr Illych Chaikovski

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Ciclo 2011 - Programa N° 4

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Ciclo 2011 - Programa N° 11

  • Vesti la giubba

    Mario Lanza (Canio)

  • Preludio a la siesta de un fauno

    Claude Debussy

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Programa N° 13 - 28 de noviembre de 2010

  • Manuel de Falla (primeras obras)

    Biografía

  • Fantasía para un gentilhombre

    Joaquín Rodrigo

Intérpretes

Orquestas

Orquesta El Arranque

Orquesta El Arranque

Nació como quinteto en 1996 interpretando un repertorio tradicional y de corte bailable. En 1997 se suman un bandoneón y un violín componiendo la formación definitiva de dos bandoneones, dos violines, piano, contrabajo, guitarra y cantor. Hoy por hoy es definitivamente un referente dentro de las orquestas de tango.

Voces

Ángel Vargas

Ángel Vargas

Posiblemente, junto a Francisco Fiorentino, fue el modelo del "cantor de la orquesta". Tanto es así que hablar de Ángel Vargas nos remite indefectiblemente a Ángel D'Agostino, el director de la orquesta de sus grandes éxitos. Cantor de una personalidad impresionante, es el símbolo del fraseo porteño de los años cuarenta. Vargas canta como únicamente se cantó en el cuarenta. Su fraseo era reo y compadrito pero al mismo tiempo, de un infinito buen gusto. Tenía una dulzura que disimulaba su voz pequeña pero varonil, transmitía simpatía y era sobretodo, un cantor carismático. Fue sin duda uno de los más grandes artistas de nuestro tango.

Músicos

Atilio Stampone

Atilio Stampone

Gran pianista, arreglador, director y compositor, que une a su técnica interpretativa la sensibilidad de aquellos elegidos para elaborar una música superior. Con él es posible rememorar climas propuestos por los más grandes creadores del tango que lo antecedieron. A veces es Di Sarli, otras veces De Caro y Fresedo. Como pianista y arreglador, tuvo la influencia de sus contemporáneos Horacio Salgán y, fundamentalmente, de Astor Piazzolla, con quien actuó como pianista en la orquesta de 1946. En su obra de compositor se destacan: "Afiches", "Con pan y cebolla", "De Homero a Homero" y "Desencanto", entre otros.

Seinajoki, 20/07/14

La pasión por el tango, una forma centenaria de expresar emociones

El tango, que llegó a Finlandia hace más de cien años, anidó en el corazón de sus ciudadanos, que encuentran en este apasionado baile argentino una manera de expresar sus emociones. “Bailar el tango nos permite liberar los sentimientos que nos cuesta expresar de otra manera”, confía Uti Suoninen, con la cara brillante por el sudor tras una hora en la pista de baile de Seinajoki (oeste).

Bs. As., 13/07/14

El tango de 1920 a 1935, una imprescindible antología sonora

"Antología del tango rioplatense (1920-1935)", segundo volumen publicado por el Instituto Nacional de Musicología y Secretaría de Cultura de La Nación, es un documento invaluable que condensa en tres discos lo más representativo de la evolución del género en esa etapa fundante.

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