Domingo, 17 de Junio de 2018

Clásica y Ópera | Ópera

Capriccio de Richard Strauss

Capriccio de Richard Strauss

El trabajo principal de esta ópera se realizó en 1941. "Ésta no es una pieza para un público de 1.800 personas por noche. Tal vez sólo un manjar para sibaritas culturales", opinaba Strauss respecto de su última comedia. Pero el júbilo desatado en el estreno celebrado en Munich el 28 de octubre de 1942, pareció desmentir estas palabras. Y un interés sostenido en innumerables centros operísticos mantiene esta obra de despedida en el repertorio vivo de los escenarios musicales.








Pieza dialogada para música en un acto. Libreto de Clemens Krauss.


Personajes: La condesa (soprano); el conde, su hermano (barítono); Flamand, músico (tenor); Olivier, poeta (barítono); La Roche, director de un teatro (bajo); la actriz La Clairon (contralto); monsieur Taupe, el apuntador (tenor); dos cantantes italianos (soprano y tenor); el mayordomo, criados, músicos, etc.

Lugar y época: Un castillo en las cercanías de París, en la época de los primeros éxitos de Gluck en esta ciudad, o sea en 1775.

Argumento: Strauss y su nuevo libretista, un director de orquesta mundialmente famoso, no quisieron hacer una ópera en el sentido usual, sino filosofar sobre la ópera. En la obra había que tratar intelectualmente y representar teatralmente la cuestión fundamental de si en una obra de teatro musical predominan el texto o la música. ¡Pero se convirtió en ópera, por supuesto que se convirtió en ópera! Una ópera inteligente, donde se personifican ingeniosamente las ideas y a los problemas concretos se añaden conflictos personales muy bien concebidos.

Un poeta y un músico discuten no sólo sobre la famosa cuestión de «Prima le parole, dopo la música» o «Prima la música, dopo le parole», sino también sobre el corazón de la joven y bella viuda que es señora del castillo. Flamand ha compuesto un bello sexteto para cuerdas, que la condesa oye con atención. El día de su cumpleaños se ofrecerá en el castillo una serie de placeres artísticos, entre otros una pieza de Olivier, en la que aparecerá el hermano de la condesa, para hacer a La Clairon, actriz que procede de París, una ardiente declaración de amor, para lo cual posee un notable talento. El hábil director de teatro La Roche desarrolla sus teorías, que a menudo están en total contradicción con los ideales del artista creador. Olivier aprovecha un instante en que no lo observan para confesarle su amor a la condesa con los versos de un soneto propio. Se suma a ellos Flamand, y está tan entusiasmado que en seguida se dedica a ponerle música en la sala contigua. En pocos instantes ha nacido la nueva obra, que la condesa encuentra encantadora y el poeta, en cambio, deformada. El director de teatro llama al poeta al ensayo, y entonces también el compositor declara su amor a la condesa. La condesa promete una respuesta para el día siguiente. La Roche explica a los huéspedes, sentados alrededor de una taza de chocolate, el festival planeado por él. Su estilo retórico y las observaciones irónicas que intercalan los invitados convierten la escena en un conjunto muy cómico. Pero el director no se da por vencido con tanta facilidad; termina su ardiente discurso como un triunfador, a pesar de las divergencias de opinión cada vez mayores, y es celebrado como corresponde. Clairon lo besa, la cantante italiana llora, y la condesa encarga a los dos rivales, Flamand y Olivier, la misión de componer juntos una obra, una ópera. ¿Con qué asunto? Con los acontecimientos de aquel día, y todas las personas presentes tendrán que ser personajes y actuar. Todos sienten un gran entusiasmo; cuando se separan, todos esperan grandes cosas para el día siguiente. Sólo los criados que adecentan el salón ven las cosas de manera algo diferente: «Todo el mundo está loco, todos hacen teatro. A nosotros no nos enseñan nada, tenemos que mirar entre bastidores. El conde busca una tierna aventura, la condesa está enamorada y no sabe de quién». Cuando se vacía la sala, entra tambaleándose un extraño hombrecillo: es monsieur Taupe, el apuntador, que se ha quedado dormido en su concha. Es una figura digna casi de E. T. A. Hoffmann, un poco ridícula, un poco fantasmal. Se llama a sí mismo «señor invisible del mundo mágico».

El mayordomo se ocupa del pobre señor y lo envía de vuelta a París, donde está ya La Claíron, en compañía del conde, y también los otros. Olivier ha comunicado a la condesa que esperará su respuesta, el final de la ópera, en la que participan todos, al día siguiente a las once de la mañana en la biblioteca. Es la misma hora y el mismo lugar en que la condesa ha citado también al músico. Qué dilema. La condesa contempla el parque que se oscurece, la luna que se levanta suavemente, el silencio, que contrasta con el tumulto de su corazón. Intenta aclarar sus sentimientos. ¿Ama más al poeta que al músico? «¿Son las palabras lo que mueve mi corazón o son los sonidos los que hablan más fuerte?» Imposible decidirse. «¡Si eliges a uno pierdes al otro! ¿Acaso no se pierde siempre cuando se gana?»

La ópera termina en empate, y no sólo queda sin decisión el destino personal de la condesa, de Olivier y Flamand, sino también la cuestión de la prioridad de las dos artes hermanas, la poesía y la música, en la obra creada en conjunto.

Fuente: Clemens Krauss traslada la acción a la época de la reforma operística de Gluck, en la que era de máxima actualidad la cuestión de cuál de los dos factores, la poesía o la música, era más importante. Mozart había denominado a la poesía «criada obediente de la música», pero, para Gluck, los papeles se habían invertido: el texto era el fundamento inamovible, en cierta manera el dibujo del cuadro al que la música solamente añadía los colores.

Libreto: Clemens Krauss creó a partir de esta cuestión (que agita desde hace más de tres siglos, es decir, desde que existe la ópera, a los espíritus ligados a ella) un libreto ingenioso, entretenido, lleno de vida, que fascinó al anciano Strauss. Figuras muy bien concebidas que ejecutan una acción animada en torno a la disputa entre el poeta y el compositor, una mirada en el taller, tras los bastidores de la creación y del teatro, conversaciones sobre cuestiones artísticas: todo está unido, preparado de manera entretenida y presentado de manera magistral.

Música: Igual que Verdi, Strauss se despide de la vida y del arte con una sonrisa sabia, alegre y bondadosa; de manera menos drástica que el gran italiano, más bien en el silencio del poeta vienés Arthur Schnitzler: “Siempre actuamos; quien lo sabe es sabio”. El problema fundamental de la ópera, la importancia de la poesía y de la música, interesó vivamente a Strauss durante toda su vida. Al igual que muchos grandes compositores, se esforzó por conseguir la unión total de los dos elementos en el nivel más alto. Obtuvo la colaboración de grandes poetas y de los más hábiles conocedores del teatro para que la música no tuviera un peso excesivo. Y también allí, donde expone el problema por sí mismo, consiguió una partitura ideal que combina de manera perfecta la poesía y la música. La palabra ejerce su derecho allí donde anuncia cosas decisivas; la música, allí donde la atmósfera que crea es lo más importante. El maestro de 87 años regaló al mundo, con Capriccio, una partitura de gran belleza en la que la sabiduría magistral se complementa con la madurez humana y los sentimientos delicados.

Historia: El trabajo principal de esta ópera se realizó en 1941. «Ésta no es una pieza para un público de 1.800 personas por noche. Tal vez sólo un manjar para sibaritas culturales», opinaba Strauss respecto de su última comedia. Pero el júbilo desatado en el estreno celebrado en Munich el 28 de octubre de 1942, pareció desmentir estas palabras. Y un interés sostenido en innumerables centros operísticos mantiene esta obra de despedida en el repertorio vivo de los escenarios musicales.

Fuente: "Diccionario de la Ópera" de Kurt Pahlen 

Más Notas
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Breves

  • HECTOR BERLIOZ

    Fue un creador cuyo obstáculo fue la intransigencia de la mayoría de los músicos en casi todos los temas, desde su apoyo al uso del saxofón o a la nueva visión dramática de Wagner. Su vida fue excéntrica y apasionada. Ganó el Premio de Roma, el más importante de Francia en aquel momento, por una cantata hoy casi olvidada. Su obra musical es antecesora de estilos confirmados posteriormente.

  • El aprendiz de brujo de Paul Dukas se basa en una balada de Goethe. Es un scherzo sinfónico que describe fielmente cada frase del texto original.

  • La primera ópera de la que se conserva la partitura es Orfeo de Claudio Monteverdi. Se estrenó en Mantua en 1607, con motivo de la celebración de un cumpleaños, el de Francesco Gonzaga.

  • La obra que Stravinski compuso desde la época del Octeto de 1923 y hasta la ópera The Rakes Progress de 1951, suele considerarse neoclasicista.

  • En la Edad Media encontramos la viela de arco, de fondo plano y con dos a seis cuerdas, que se perfeccionó en la renacentista, hasta llegar a su transformación en el violín moderno a partir del siglo XVI, cuando se estableció una tradición de excelentes fabricantes (violeros) en la ciudad de Cremona.


Citas

  • DANIEL BARENBOIM

    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • GEORGE GERSHWIN

    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • GUSTAV MAHLER

    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • FRANZ SCHUBERT

    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • BEDRICH SMETANA

    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

MULTIMEDIA

  • Falstaff

    Giuseppe Verdi

  • Mi Patria

    Bedrich Smetana

  • Vissi d' arte

    Renata Tebaldi (Floria Tosca)

  • Hágase la Música en Radio Brisas

    Ciclo 2011 - Programa N° 9

  • Sinfonía Nº 6 "Patética"

    Piotr Illich Chaikovski

  • Concierto para 2 violines, BWV 1043

    Johann S. Bach

  • Orfeo

    Claudio Monteverdi

  • Muerte del ángel

    Astor Piazzolla

Intérpretes

Voces

Carlos Gardel

Carlos Gardel

Carlos Gardel es quizás el más grande mito de la Argentina. Su habilidad artística, su talento incomparable como cantor de los arrabales porteños, su instinto musical para componer algunos de los más grandes tangos de todos los tiempos, su estupendo carácter, su fanatismo por las carreras, le han llevado a ser quizás sólo igualado por la otra leyenda del país del sur del Plata: Eva Perón. Sin embargo, mientras toda actividad política puede ser digna de objeciones, comentarios y recelo por parte de determinados sectores de la población, la figura de Carlos Gardel se erige como universal para todos los argentinos y los seguidores del tango a través del orbe.

Voces

Rosita Quiroga

Rosita Quiroga

En La Boca, de la mano de un maestro ejemplar, Juan de Dios Filiberto, vecino y amigo de la familia Quiroga, Rosita dio sus primeros pasos con la guitarra a la edad de siete años. El tango no era por entonces cosa de niñas. De modo que la joven Rosita se inició en el arte del canto al compás de los valsesitos, la zamba y la canción campera. Cantaba en reuniones y fiestas de familia. Eran los años de Filiberto y Quinquela Martín, La Boca festejaba ruidosos carnavales y Rosita, que vivía en una casa de chapa y madera, se mezclaba en las murgas del barrio.

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Rodolfo Lesica

Rodolfo Lesica

Dueño de una voz potente, con registro de barítono, con todo el "yeite" del tango, Rodolfo Lesica no pudo sin embargo llegar a altura de su compañero de éxitos, Argentino Ledesma. Este prototipo del muchacho porteño, con mucha pinta y buena voz, no llegó al nivel que hubiera merecido por sus grandes cualidades artísticas, por causa de una vida desordenada, con todos los vicios que se adquieren en la noche y en la farra. Sus actuaciones eran presenciadas por grandes grupos de admiradoras, que además del canto eran atraídas por su pinta de varón porteño. Lesica falleció el 19 de julio de 1984 a los 55 años.

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