Viernes, 19 de Diciembre de 2014

Clásica y Ópera | Obras Maestras

Sinfonía Nº 40 de Wolfgang A. Mozart

Sinfonía Nº 40 de Wolfgang A. Mozart

Nada se sabe de la reacción de la audiencia a la Sinfonía en Sol menor en el momento de su estreno en 1791, cuando Antonio Salieri dirigió una orquesta de 180 músicos. Incluso, no está definitivamente confirmado que esa presentación haya tenido lugar. Si ocurrió, los oyentes probablemente deben haber quedado perplejos cuando escucharon esta música...







La Sinfonía en Sol menor, compuesta en unas pocas semanas, fue terminada el 25 de julio de 1788. El estreno probablemente tuvo lugar el 16 de abril de 1791 en Viena, bajo la dirección de Antonio Salieri.

Las últimas tres sinfonías de Mozart fueron compuestas en el sorprendente corto período de dos meses. 1788 fue un año productivo para el compositor, pero incluso así, la composición de tres sinfonías de grandes proporciones durante los meses de verano fue algo extraordinario.

Un cierto misterio rodea la creación de esta música. Era inhabitual en Mozart escribir piezas orquestales durante el verano, ya que no era probable que se programaran interpretaciones fuera de la temporada normal de conciertos. Además, el compositor no recibió ningún encargo ni ningún pago por estas obras, y por lo menos dos de ellas nunca fueron interpretadas durante su vida. ¿Por qué, entonces, las escribió? Algunos quieren creer que estas obras tienen su propia justificación, que Mozart tenía una necesidad interna tan intensa de expresarse que no pudo esperar la llegada de un conveniente encargo. Esta noción romántica quizá concuerde con la naturaleza apasionada de la música, pero es ajena al carácter del compositor. El era un artesano que trataba, aunque infructuosamente, de vivir de sus composiciones. No podía permitirse el lujo del arte por el arte mismo, por apasionado que fuera su deseo de autoexpresarse.

Una explicación más probable es que Mozart escribió la sinfonía para conciertos programados para el invierno siguiente, que nunca se concretaron. Su espíritu práctico queda demostrado por el hecho de que, una vez que finalmente se presentó la oportunidad de realizar una interpretación tres años más tarde, rápidamente volvió a orquestar la Sinfonía en Sol menor (agregando clarinetes y revisando las correspondientes partes del oboe) y permitió que la tocara una orquesta cuatro veces mayor que el tamaño al que estaba destinada.

Muy bien puede ser, como dice el estudioso de Mozart, Alfred Einstein, que sea simbólica "la posición en la historia de la música y del empeño humano" de las tres últimas sinfonías, que no representan "ninguna ocasión, ningún propósito inmediato, sino una súplica a la eternidad". Sin embargo, esta aparente pureza de concepción no fue nada más que una coincidencia. Creer lo contrario es permitir que nuestra comprensión de la identidad artística de Mozart sea teñida por valores románticos de una época posterior.

La tendencia a considerar la Sinfonía en Sol menor, en particular, en términos románticos, ha sido desenfrenada. La obra ha sido objeto de las críticas más emocionales y extravagantes a todo lo largo de sus más de doscientos años de existencia. Que las críticas hayan oído muchos significados diferentes en esta música refleja más la propia personalidad de cada una de ellas que la de la música, pero es sin embargo fascinante contrastar estas interpretaciones. ¿La Sinfonía en Sol menor es trágica o cómica, deprimida o animada, apasionada o graciosa?

Otto Jahn la llamó "una sinfonía de dolor y lamento" (1856), en tanto C. Palmer la denominó "nada, excepto alegría y animación" (1865). Alexandre Dimitrivitch Oulibicheff (1843) escribió acerca del final: "Dudo de que la música contenga algo más profundamente incisivo, más cruelmente doliente, más violentamente abandonado o más completamente apasionado", en tanto que A. F. Dickinson (1927) creía que "el brío de este movimiento es tremendo. Es... el mejor tónico posible para el espíritu desanimado." Georges de Saint-Foix escribió en 1932 sobre la "febril precipitación, la intensa agudeza y la energía concentrada", en tanto Donald Francis Tovey escribió alrededor de la misma época sobre los "ritmos y los idiomas de la comedia". Robert Dearling la llamó "una singularmente conmovedora expresión de pena", en tanto que H. Hirschbach la consideró "una pieza de música común y apacible". En tanto el estudioso Alfred Einstein encontró la sinfonía "fatalista" y Pitts Sanborn la consideró tocada por "una inefable tristeza", los compositores parecen haber tenido opiniones más felices. Berlioz observaba su "gracia, delicadeza, encanto melódico y belleza de hechura"; Schumann encontró en ella "ligereza y gracia griegas"; Wagner la consideró "exuberante con arrebato".

¿Qué vamos a hacer con esta extraordinaria variedad de opiniones? Estos desacuerdos parecerían indicar una obra rica en significados tan abstractos y tan velados que se presentan de modo diferente a diferentes oyentes. Más interesantes quizá son las ramificaciones para la interpretación, ya que tocar la sinfonía necesariamente implica interpretarla. Algunos directores quizás elijan favorecer las cualidades apasionadas y otros, las graciosas. No hay una respuesta correcta, ni un único mejor modo de interpretarla.

Un aspecto interesante de la interpretación de la Sinfonía en Sol menor es la elección de tiempos. El primer movimiento es molto allegro (muy rápido) en tanto que el final es allegro assai (muy rápido). Estas marcaciones parecerían sugerir que el último movimiento es más lento, sin embargo la mayoría de los directores hacen lo opuesto.

Una de las razones por las que el público continúa encontrando la Sinfonía en Sol menor significativa después de miles de ejecuciones es que la obra puede ser interpretada y, por lo tanto, comprendida, de muchas maneras diferentes.

Nada se sabe de la reacción de la audiencia a la Sinfonía en Sol menor en el momento de su estreno en 1791, cuando Antonio Salieri dirigió una orquesta de 180 músicos. Incluso, no está definitivamente confirmado que esa presentación haya tenido lugar. Si ocurrió, los oyentes probablemente deben haber quedado perplejos cuando escucharon esta música. Mozart, aunque tratando de escribir música específicamente para el público, en sus últimas obras se vio inexorablemente arrastrado hacia complejidades y emociones profundas que a menudo confundieron a sus oyentes.

Gran parte de la Sinfonía en Sol menor carece de precedentes y en realidad no parece haber sido calculada para gustar inmediatamente. La apertura suave, por ejemplo, es extremadamente rara para una sinfonía clásica sin introducción lenta. La insistencia penetrante, en el primer movimiento, de las figuras motívicas breves en lugar de las melodías acabadas contribuye a la intensidad de la obra, un rasgo que con seguridad debe haber hecho difícil oírla a fines del siglo XVIII. El biógrafo de Mozart Hugh Ottaway conjetura que los oyentes contemporáneos deben de haber encontrado verdaderamente desagradable la mayor parte de la sinfonía.

Lo que de esta pieza realmente no tenía precedente en 1788, lo que seguramente debe haber sido incomprensible para los oyentes en 1791, se refiere a sus muchos niveles de sutileza. La música especial -se la rotule intensa o exuberante o lo que sea- está creada por la cantidad casi excesiva de tiempo que se pasa en la modalidad menor, y por cierto cambios poderosamente abruptos del área tonal. Tres de los cuatro movimientos están en Sol menor. Un procedimiento más típico en la era clásica hubiera sido moldear los últimos movimientos en mayor, posiblemente para sugerir una progresión de la tensión hacia la resolución. Incluso dentro del primer movimiento la música revolotea alrededor del Sol menor más de lo que cabría esperar. El segundo tema lírico (con vientos y cuerdas que se alternan entre sí), moldeado primero en Si bemol mayor, regresa en la recapitulación, no en el esperado Sol mayor sino, con agudeza sorprendente, en Sol menor.

Esta insistencia en la tónica está compensada por ciertos cambios dramáticamente repentinos a áreas distantes. Al comienzo de la sección de desarrollo, por ejemplo, la música se traslada rápidamente a la tonalidad distante de Fa sostenido menor, y de allí comienza el inexorable (e intensamente contrapuntístico) viaje de vuelta a la tónica. (Esta intensidad del contrapunto, de paso, regresa vigorosamente en el minué, que está tan lejos como sea posible imaginar de la elegante música para danza que Mozart generalmente ponía en sus terceros movimientos.)

El final hace un paralelo con el primer movimiento. Nuevamente un segundo tema lírico, moldeado inicialmente en Si bemol mayor, se torna trágico e introspectivo cuando vuelve en Sol menor. Nuevamente el comienzo del desarrollo es un momento de gran drama. Esta vez no es un cambio a una tonalidad distante sino más bien un audaz pasaje unísono que parece negar todas las tonalidades. Esta celebrada frase parece abordar la atonalidad del siglo XX (verdaderamente oímos diez de las doce notas, una después de la otra -sin tener en cuenta un breve ornamento-sin duplicación, un procedimiento que sugiere a Schoenberg más que a Mozart).

¿Qué significado tiene para un público todo este análisis de áreas de tonalidad (y de su falta)? Muy pocos oyentes, que no sean músicos entrenados, tienen conciencia de las tonalidades a partir de las cuales se mueve y se desplaza una pieza. Pero el uso sutil de las áreas tonales es lo que crea los estados anímicos de una composición y lo que conlleva su significado. Todos reaccionamos al contenido emocional de una obra como la sinfonía en Sol menor. Aunque quizá no estemos de acuerdo -como seguramente no lo están los críticos citados antes- respecto del significado de sus emociones, pocos negarían que la sinfonía expresa sentimientos profundamente humanos. Es por escuchar las tonalidades probablemente de modo subconsciente que percibimos estas emociones. Cualquiera oye el efecto de los contrastes tonales aun cuando sean muy pocos los que pueden nombrar o localizar conscientemente los cambios de tonalidad. En la Sinfonía en Sol menor el impacto resultante es único, original y abrumador.

Más Notas
Concierto N° 3 para piano y orquesta de Sergei Prokofiev
Concierto N° 2 para piano y orquesta de Sergei Prokofiev
Cuadros de una Exposición de Modest Mussorgsky
Don Juan de Richard Strauss
Rapsodia en Blue de George Gershwin

Ver Historial




Breves

  • 13 de septiembre de 1819: nace en Leipzig, Clara Wieck Schumann. Fue una pianista destacada del siglo XIX. El público europeo la consideraba en el nivel de Franz Liszt o Sigismund Thalberg, famosos pianistas virtuosos de aquella época.

  • 10 de septiembre de 1999: fallece Alfredo Kraus. Fue considerado el mejor tenor lírico ligero de su generación, mientras que la elegancia y estilización de su canto, combinada con su expresividad y una presencia escénica atractiva, le hicieron el intérprete ideal de roles de tipo aristócrata como Don Octavio, el Conde de Almaviva, Alfredo y el Duque de Mantua.

  • 06 de septiembre de 2007: fallece, en su casa de Módena, el tenor italiano Luciano Pavarotti. Figura clave en la popularización de la ópera. Para los aficionados serios del género, la belleza natural y el color de su voz hicieron de Pavarotti el intérprete ideal del repertorio lírico italiano.

  • 03 de septiembre de 1596: nace Nicolo Amati, constructor de violines al igual que su padre, Girolamo, pero Nicolo fue el mejor artesano de la familia, el gran reformador del arte de los luthiers italianos y autor de los instrumentos más apreciados de los Amati.

  • 22 de agosto de 1862: nace el compositor francés Claude Debussy. Puso en marcha un nuevo concepto de la música, liberada de las ataduras relacionadas con la tonalidad. Su obra devela tintes modernistas, simbolistas y de otras influencias como las étnicas, que encontraban su auge a finales del siglo 19, aunque su obra suele vincularse al impresionismo.


Citas

  • Daniel Barenboim
    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • George Gershwin
    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • Gustav Mahler
    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • Franz Schubert
    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • Bedrich Smetana
    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

MULTIMEDIA

  • Celeste Aida

    Luciano Pavarotti (Radamés)

  • Sinfonía Nº 1 "Clásica"

    Sergei Prokofiev

  • Ballets

    Piotr Illych Chaikovski

  • Carmen

    Georges Bizet

  • Un bel di vedremo

    Mirella Freni (Madama Butterfly)

  • Danza húngara Nº 5 en sol menor

    Johannes Brahm

  • Tristán e Isolda

    Richard Wagner

  • Sonata para piano en si menor

    Franz Liszt

Intérpretes

Voces

Lidia Borda

Lidia Borda

Desde 1995 transformada en una de las principales intérpretes del género, Lidia Borda es admirada por público y crítica, quienes la consideran una cantante de culto y la mejor voz femenina surgida en las últimas décadas, despertando elogiosos comentarios. Moderna y original se remite a un repertorio clásico y poco transitado, registrado en parte en sus discos "Entre sueños", "Patio de tango" y "Tal vez será su voz".

Músicos

José Razzano

José Razzano

En general, los que escriben sobre el género, han sido mezquinos u omisos con la verdadera valoración de esta figura de la música popular. José Francisco Razzano nació en Montevideo (capital de la República Oriental del Uruguay), a pocos pasos de la Plaza Independencia, en una casa de la calle Policía Vieja N° 14, el 25 de febrero de 1887. Dos años apenas tenía cuando ante la desaparición de su padre, su madre se traslada a Buenos Aires, barrio de Balvanera (en aquel entonces arrabal, hoy integrado a la zona céntrica).

Músicos

Astor Piazzolla

Astor Piazzolla

Piazzolla representa uno de los rarísimos casos en que un autor se desenvuelve de forma extraordinaria tanto en el mundo de la música popular, con sus tangos porteños, como en el de la música culta o clásica. Creó un nuevo género llamado tango sinfónico renovando de esta manera de forma decisiva el tango. Si se considera que la obra de Piazzolla comienza en 1946 con El desbande y concluye en 1990, con Le grand tango y con Five tango sensations, que el mismo año graba con el cuarteto de cuerdas Kronos, se deduce que cubre 46 años, un lapso en el que produjo no menos de ochocientas obras.

Montevideo, 21/12/14

“El tango es como un gran abrazo”

“Bailar para el papa es nuestro regalo. Porque el tango es como un gran abrazo”, dijo Carmorani, profesora de baile en Conventello, cerca de Ravenna (noreste), y artífice de la iniciativa “Un tango para Francisco” en la red social Facebook. Una enorme pancarta, con escrito “Un tango para Francisco de sus admiradores de Piedemonte”, fue elevado en medio de los tangueros.

Entre Ríos, 14/12/14

Festejos por el Día Nacional del Tango

En la plaza Carlos Gardel y con entrada libre y gratuita, se realizaró el ciclo “Gualeguaychú es arte” en conmemoración al Día Nacional del Tango, organizado por la dirección de Cultura. “Este año es la primera vez que desde la Municipalidad se organiza un evento por el Día Nacional del Tango, ya que anteriormente lo hacían peñas particulares”, explicó Néstor Santinón (director de Cultura).

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