Domingo, 25 de Septiembre de 2016

Clásica y Ópera | Compositores

La muerte de Beethoven

La muerte de Beethoven

Entre las 4 y las 5 de la tarde del 26 de marzo de 1827 se produjo en Viena una fortísima tormenta de nieve y granizo. A las seis menos cuarto un relámpago iluminó la habitación, Beethoven abrió los ojos, levantó la mano derecha y, con el puño cerrado, con aspecto feroz y amenazante, fijó durante unos segundos su mirada en lo alto, cuando su mano cayó sobre el lecho su corazón había dejado de latir.








Beethoven era, por naturaleza, fuerte físicamente, pero cuidó muy poco de su salud: por ejemplo, cuando se hallaba sudoroso gustaba de rociarse con agua fría y, sin secarse, se exponía a corrientes de aire. Padeció, por ello, desde el comienzo de su edad adulta, enfermedades y crisis que fueron agravándose con el paso del tiempo. Así, tras los frecuentes desarreglos intestinales que sufrió desde su juventud, en 1815 experimentó disfunciones hepáticas y, pese a ello, siguió bebiendo sin moderación.

En octubre de 1816 se le declaró un fuerte catarro que tardó varios meses en curar, hasta el punto de decidirse a llamar en su ayuda a su amiga Nanette Streicher. La prolongación de este catarro, acompañado de intensos dolores de cabeza, le sumirá en la desgana y la tristeza hasta finales del año siguiente; pide auxilio a varios de sus amigos, pero apenas pueden o tienen tiempo de atenderle: se sentirá solo y deprimido. De otra recaída en 1818 no se recobrará hasta pasar una temporada veraniega inusualmente prolongada en Módling, más en contacto con su amada naturaleza que en Viena.

A finales de 1820 le ataca una fuerte bronquitis y, antes de recuperarse del todo, se le declara una ictericia en la primavera siguiente. Entre marzo y mayo de 1825 presenta un «cuadro patológico» complejo, pulmonar e intestinal. Al restablecerse, escribe el «Molto adagio» del Cuarteto opus 132, que titula «canto de acción de gracias a la Divinidad de un convaleciente». Al estrenarse en privado este Cuarteto (el 9 de septiembre de 1825), algunos presentes lloran escuchando ese episodio. Nuevos dolores, ahora también de ojos, se le presentan los dos primeros meses de 1826.

El primer día de diciembre de 1826, cuando Beethoven vuelve con su sobrino a Viena desde la propiedad de su hermano Nikolaus en la que habían descansado un par de meses, hacen noche en un albergue muy frío; al día siguiente llega a Viena con pulmonía. Ya no volverá a salir de su habitación. Según Schindler, su sobrino «se olvidó» de avisar al médico. Hoy está comprobada la falsedad de esta acusación. (En su biografía del compositor, Schindler ataca con saña a Karl, pero éste su frió en silencio muchas de estas calumnias y ni siquiera se defendió. Es más, le hizo entrega de todas las cartas que le había enviado su tío, en las que por lo general no sale muy bien parado.)

Beethoven se quejaba de la frialdad y el distanciamiento del médico que lo atendía, el muy competente doctor Wawruch. Un cambio temporal de médico resultó a la postre contraproducente. Tras una pasajera y breve mejoría, el 10 de diciembre se le presenta una ictericia generalizada, consecuencia de la cirrosis. La hidropesía le ha hinchado su vientre hasta tal punto que hubo que practicarle punciones cuatro veces (la primera el 20 de diciembre y la última el 27 de febrero de 1827), que le alivian por muy pocos días.

En diciembre recibe una carta del rey de Prusia, al que había dedicado la Novena Sinfonía, y del que Beethoven esperaba una condecoración. El rey, sin embargo, no hablaba de distinción alguna, sino que le decía: «Os agradezco esta dedicatoria y os envío un anillo con brillantes como expresión de mi sincero aprecio». Pero el anillo traía una piedra poco noble; al ser valorada en sólo ciento sesenta florines, Beethoven se encolerizó y dijo que la vendería. Holz le recriminó: «Maestro, debe conservar este anillo: ¡es el regalo de un rey! «¡Yo también soy rey!», le contestó.

Una de sus últimas alegrías fue recibir los cuarenta volúmenes de las Obras completas de Haendel, recién editadas y que le enviaba el fabricante inglés de arpas J. A. Stumpff. Haendel era para Beethoven, así lo manifestó con insistencia, el más grande compositor del pasado. Johann Sebastian Bach, Haydn y Mozart eran los restantes.

Al día siguiente de ingresar Karl en el ejército (el 2 de enero de 1827), Beethoven redacta su testamento, en el que manda escribir: «Karl van Beethoven, mi bienamado sobrino, es el único heredero de todas mis tenencias». Ya no volverían a verse. El 23 de marzo, sin embargo, añadió un codicilo al testamento: «Mi sobrino Karl será mi único heredero, pero el capital de mi propiedad irá a manos de sus herederos naturales o testamentarios»: sus últimas letras fueron, pues, para reconciliarse con su cuñada Johanna, heredera de Karl por ser éste soltero. Al terminar esto, Beethoven exclamó: «¡Ya está! ¡Ya no escribiré ni una sola palabra más!» Pese a ello, se siente liberado de un gran peso, se anima y comienza a hablar de proyectos que pretende realizar.

El joven Gerhard von Breuning, con su frecuente compañía junto al lecho del enfermo, endulza muchas de las últimas y amargas horas del compositor. Y algunas de las conversaciones que mantuvieron tienen para nosotros el mayor valor: «Vuestro Cuarteto, bien ejecutado por Schuppanzigh, no ha despertado interés». «Ya les gustará algún día...» Y le habla de obras que quiere escribir: «Todavía tengo que componer mucho: quiero escribir mi Décima Sinfonía, un Réquiem y música para Fausto. Y un método de piano, totalmente distinto de los que se han hecho hasta ahora (...) Quería haber escrito más óperas, pero no he encontrado libretos [que me gustasen]. Necesito uno que me inspire: debe ser algo moral y sublime». Pero, en cama y tan enfermo, no es capaz de componer nada, sino tan sólo de hacer algún que otro retoque: «Lo más doloroso para mí, no lo oculto, es la suspensión total de mi actividad» (18 de febrero).

Al correrse la voz de que se encuentra gravemente enfermo, muchos de sus amigos van a visitarlo. Pero no está entre ellos el archiduque-arzobispo Rodolfo. Sus sufrimientos son grandes, pero los soporta con entereza. En una nota que G. von Breuning le envía, le dice: «Me han dicho hoy que sufres de tal manera a causa de las chinches que cuando duermes te despiertas a cada momento; como necesitas dormir, te llevaré algo que acabe con ellas.»

El 22 de febrero, inquieto todavía por su situación económica, escribe al pianista y compositor Moscheles para que intente organizar un concierto. Moscheles comunica a la Sociedad Filarmónica de Londres la apurada situación de Beethoven y le envían cien libras (unas mil coronas de oro). El 15 o el 16 de marzo se presenta un banquero en su casa para hacerle entrega del dinero. «Partía el corazón ver a Beethoven con las manos juntas, deshecho en lágrimas de alegría y agradecimiento», escribió el banquero. Los periódicos de Viena se quejan, indignados, de que Beethoven haya pedido ayuda económica al extranjero (!).

Beethoven no se da aún por vencido: el 6 de marzo escribe (a Smart): «Mi enfermedad durará seguramente hasta mediados del verano». Viene a verlo desde Weimar el compositor Hummel. Beethoven, que tiene junto a sí una litografía con la casa natal de Haydn que le acaban de regalar, le dice: «Me ha alegrado como a un niño: ¡una casa tan pequeña, la cuna de un hombre tan grande!» Sus últimas pequeñas alegrías se las proporcionan las compotas que le envía un amigo; Beethoven le escribe notas dándole las gracias.

Entre el 14 y el 16 de marzo todavía escribe breves esbozos para un Quinteto que le había encargado el editor Diabelli. Su última carta, dictada el 18 de marzo, es para Moscheles, pidiéndole que transmita a la Sociedad Filarmónica londinense «mi más profundo agradecimiento (...) Decid a esos dignos señores que, cuando Dios me devuelva la salud (...) les compondré lo que ellos deseen».

Ese día o el siguiente le visita Schubert. El día 23 el doctor le escribe, en presencia suya, que su fin se acerca. Beethoven, «con un dominio ejemplar de sí mismo, leyó con lentitud y reflexión; su rostro se transfiguró. Me tendió con gravedad la mano y me dijo cordialmente: "Mande llamar al cura" (...) Poco después se confesó, con esa piadosa resignación que conduce a la eternidad sin temor». Ese día lo visita de nuevo Hummel, con su discípulo F. Hiller: «De sus labios no salió palabra alguna. El sudor cubría su frente (...) La señora Hummel le secó varias veces el rostro con su fino pañuelo de batista. Nunca olvidaré la mirada de agradecimiento de sus apagados ojos» (Hiller).

El 24 le llegaron unas botellas de vino que un mes antes había encargado. Al verlas exclamó: «¡Lástima!... ¡Demasiado tarde!» Fue lo último que pronunció. A continuación, entró en agonía. Entre las 4 y las 5 de la tarde del 26 de marzo de 1827 se produjo en Viena una fortísima tormenta de nieve y granizo. A las seis menos cuarto «un relámpago iluminó la habitación (...) Beethoven abrió los ojos, levantó la mano derecha y, con el puño cerrado, con aspecto feroz y amenazante, fijó durante unos segundos su mirada en lo alto (...) Cuando su mano cayó sobre el lecho (...) su corazón había dejado de latir» (relata Anselm Hüttenbrenner, el único presente en el momento de la muerte, junto a Johanna, la antes odiada cuñada de Beethoven. Ésta cortó un mechón del pelo del compositor «como sagrado recuerdo de la última hora de Beethoven»).

«Cuando se levantó el cuerpo para hacerle la autopsia, se vio por primera vez que el desdichado estaba cubierto de llagas. Sin embargo, durante su enfermedad rara vez se le había oído quejarse» (G. von Breuning).

El entierro, el 29 de marzo, fue multitudinario: asistieron entre diez mil y treinta mil personas, según los distintos cálculos: para los vieneses, los entierros de personas ilustres eran un «espectáculo» al que eran muy aficionados. Entre los asistentes de veras compungidos estaba Franz Schubert, uno de los treinta y seis hombres que rodeaban el ataúd con antorchas.

El hermano y algunos amigos de Beethoven hallaron escondidos dos retratos de marfil en miniatura: de Giulietta Guicciardi y de Antoine Brentano. Schindler sustrajo la carta «A la amada inmortal» (la mantuvo oculta hasta 1840), documentos y objetos, y unos cuatrocientos «cuadernos de conversación». Nadie se cuidó de cerrar con llave la puerta del piso, y seguramente desaparecieron pertenencias de sumo valor documental o artístico. Entró la policía y requisó tres libros «prohibidos», junto a, probablemente, otros escritos comprometedores.

Hasta el 16 de agosto no se hizo un inventario de lo que quedaba. El 5 de noviembre se subastaron manuscritos de obras completas y de bocetos inacabados de Beethoven. Entre los primeros, la partitura autógrafa de la Misa Solemne fue adjudicada en ¡¡siete florines!!

Jean y Brigitte Massin llegan, llenos de amargura, a la siguiente conclusión: «Estamos convencidos de que muchos datos sobre diversos aspectos de la vida de Beethoven fueron escamoteados, camuflados o abandonados hasta que la realidad de las pruebas desapareciese. Creemos que este trabajo de erosión y deformación se siguió de acuerdo con un plan y unos objetivos conscientes y determinados». Pero ¿qué es lo que trató de ocultarse? ¿Sus ideas «izquierdistas»? ¿Su posible, incluso probable, homosexualidad?... No es fácil que lo podamos saber nunca.

Fuente: “Beethoven” de Ángel Carrascosa

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Breves

  • HECTOR BERLIOZ

    Fue un creador cuyo obstáculo fue la intransigencia de la mayoría de los músicos en casi todos los temas, desde su apoyo al uso del saxofón o a la nueva visión dramática de Wagner. Su vida fue excéntrica y apasionada. Ganó el Premio de Roma, el más importante de Francia en aquel momento, por una cantata hoy casi olvidada. Su obra musical es antecesora de estilos confirmados posteriormente.

  • El aprendiz de brujo de Paul Dukas se basa en una balada de Goethe. Es un scherzo sinfónico que describe fielmente cada frase del texto original.

  • La primera ópera de la que se conserva la partitura es Orfeo de Claudio Monteverdi. Se estrenó en Mantua en 1607, con motivo de la celebración de un cumpleaños, el de Francesco Gonzaga.

  • La obra que Stravinski compuso desde la época del Octeto de 1923 y hasta la ópera The Rakes Progress de 1951, suele considerarse neoclasicista.

  • En la Edad Media encontramos la viela de arco, de fondo plano y con dos a seis cuerdas, que se perfeccionó en la renacentista, hasta llegar a su transformación en el violín moderno a partir del siglo XVI, cuando se estableció una tradición de excelentes fabricantes (violeros) en la ciudad de Cremona.


Citas

  • DANIEL BARENBOIM

    "Un director no tiene contacto físico con la música que producen sus instrumentistas y a lo sumo puede corregir el fraseo o el ritmo de la partitura pero su gesto no existe si no encuentra una orquesta que sea receptora"

  • GEORGE GERSHWIN

    "Daría todo lo que tengo por un poco del genio que Schubert necesitó para componer su Ave María"

  • GUSTAV MAHLER

    "Cuando la obra resulta un éxito, cuando se ha solucionado un problema, olvidamos las dificultades y las perturbaciones y nos sentimos ricamente recompensados"

  • FRANZ SCHUBERT

    "Cuando uno se inspira en algo bueno, la música nace con fluidez, las melodías brotan; realmente esto es una gran satisfacción"

  • BEDRICH SMETANA

    "Con la ayuda y la gracia de Dios, seré un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica"

MULTIMEDIA

  • Música para cuerdas, perc. y celesta

    Béla Bartók

  • Suite Gayanéh

    Gopak

  • Sinfonía Nº 5

    Gustav Mahler

  • Rapsodia española

    Maurice Ravel

  • Va pensiero

    Orquesta y Coro de la Scala de Milán - Ricardo Mutti

  • Pequeña música nocturna

    Wolfgang Amadeus Mozart

  • Mi Patria

    Bedrich Smetana

  • Astor Piazzolla (parte 2)

    Biografía

Intérpretes

Músicos

José Bragato

José Bragato

Violoncellista, pianista, arreglador y compositor. Formó parte de las orquestas de tango más relevantes de la época. Fue estable en la de Francini-Pontier pero el elegido de todos los maestros para las grabaciones como Aníbal Troilo, Atilio Stampone, Osvaldo Fresedo. En 1954 se sumó a la “patriada” de Astor Piazzolla: armar el Octeto Buenos Aires, que revolucionó al tango. El sonido especial de su violoncello, unido a su virtuosismo, le permitió jerarquizar el instrumento por lo que las orquestas típicas de entonces dieron entidad a este instrumento como solista a la par del violín, a partir del surgimiento de José Bragato como notable violoncellista.

Músicos

José Libertella

José Libertella

Los que disfrutaron de su música sobre el escenario lo recordarán, seguramente, con esa pasión que ponía cada vez que acomodaba el paño sobre sus rodillas, tomaba el instrumento y cumplía con el ritual de la función. Y quizá como ese hombre apasionado al que le saltaba la tanada ajustando cada detalle, preocupado porque el sonido o las luces no eran los óptimos. José Libertella nació en Calvera, Italia, su padre Juan construía tejas y trabajaba la tierra, fue el primero en emigrar a la Argentina. José lo siguió el 7 de junio de 1934, tenía once meses, viajó en el buque Principessa María en brazos de su madre.

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E. S. Discépolo

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La gente se te arrima con su montón de penas, y tú las acaricias casi con un temblor. Te duele como propia la cicatriz ajena, aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor... La pista se ha poblado al ruido de la orquesta, se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín ¿No ves que están bailando... No ves que están de fiesta? Vamos, que todo duele, ¡viejo Discepolín!. Fragmento del tango "Discepolín" de Homero Manzi

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